España

Pesimismo español por Enrique López

La Razón
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La crisis económica en España lleva camino de volvernos a instalar en lo más secular de nuestra sociedad, el pesimismo. Este pesimismo se vivió en otras épocas, y siempre se producía en medio de grandes crisis económicas acompañadas por procesos de gran descomposición política, por ejemplo con la pérdida de nuestro imperio colonial a finales del siglo XVIII y principio del XIX, la crisis de 1898, nuestra fallida y desastrosa Segunda República, etc. En este momento, podemos estar en un momento análogo, en el que a la profunda, dura y larga crisis económica se le unen procesos secesionistas con mayor o menor énfasis; en fin, un puzle peligroso y pseudosuicida, que puede invitar al más agudizado de los pesimismos. Algunos dicen que el problema de España, el mal de España, es el permanente desengaño finisecular, en palabras del historiador Núñez Florencio. Este autor tiene un magnífico libro, «El peso del pesimismo. Del 98 al desencanto» en el que, según el mismo, trata de exponer y demostrar cómo el pesimismo, las actitudes hipercríticas, han tenido un papel determinante en la historia contemporánea de nuestro país; incluso, son anteriores al 98, citando en este sentido a Cánovas y su conocida valoración de los españoles como «los que no pueden ser otra cosa». Nos dice que vivimos instalados en el permanente desencanto, y cree que «los españoles necesitamos grandes dosis de autoestima. Necesitamos vernos como somos, trabajar más y mejor, reconocer nuestros defectos sin flagelarnos. Y encontrar así el justo medio, sin avergonzarnos de nuestra historia y procurando corregir los errores pasados de cara a un futuro mejor». ¡Qué buen consejo!; pero parece que existe una atávica tendencia a la autodestrucción como gran país, y en este momento hay algunos empeñados en ello. Los regionalismos y localismos, hoy reinventados bajo el concepto del «nacionalismo» nos han perseguido siempre, cuando más grande se hacía España en el mundo, más crecía este elemento disolvente. Las miserias de nuestro país llevan siglos persiguiéndonos, y no parece que haya manera alguna de revertir esta situación; sin embargo, no debemos de caer en este tipo de indolentes análisis, que más parecen justificar, la inacción que animar al esfuerzo de superación. Ahora bien, este no es una mal español, ejemplos los podemos encontrar en todas las culturas y civilizaciones, como en la Grecia Clásica o el declive del Imperio romano, cualquier proceso de crisis conduce a estados pesimistas, aquí y en todo el mundo. En este contexto debemos interpretar y analizar algunas de las cosas que están ocurriendo en nuestro país, estos estados llevan a cometer muchos errores, y cuanto más se caiga en el mismo, peor. Pero sí que es cierto que nuestro país no es un país para construir debates racionales y serenos, al revés, los debates se extreman, suelen durar muy poco, y nunca se extraen consecuencias; incluso algunos , pretendidamente superiores morales al resto de los mortales, son los que deciden que debates se plantean y cuales no; su frase preferida es «se puede hablar de todo» o «se puede plantear todo», pero cuando yo quiera, y así, no ven mal que se plantee un debate sobre la Constitución y la Nación española, y por el contrario consideran que es propio de fascistas plantear un debate sobre los límites y condiciones del ejercicio de ciertos derechos fundamentales de carácter colectivo, como por ejemplo el derecho de reunión y manifestación, o el de huelga. Estos debates están prohibidos y el libre ejercicio de la libertad de expresión sobre el mismo te coloca en un mal lugar. Todavía recuerdo la sarta de descalificaciones que me cayeron cuando me atreví, en el año 2008, a abrir una reflexión sobre la posibilidad de estudiar la mera consideración de la pena de cadena perpetua revisable. Los que dicen que se puede hablar de todo, deben aceptar las consecuencias de su propia filosofía, y es que se puede hablar de casi todo. Los mismos que entienden natural la existencia de límites al derecho a la vida, como por ejemplo el aborto o la eutanasia, no admiten que se hable de límites a otros derechos, como el de reunión o manifestación, resulta paradójico. En este debate nadie ha intentado explicar que la Ley Orgánica 9/1983, de 15 de julio, reguladora del derecho de reunión, establece como única causa de prohibición que la autoridad gubernativa considere que existen razones fundadas de que puedan producirse alteraciones del orden público, con peligro para personas o bienes, pudiendo en su caso puede proponer la modificación de la fecha, lugar, duración o itinerario de la reunión o manifestación. Yo no sé si es oportuno abrir o no este debate, lo que si se, es que todo el mundo tiene derecho a debatir y a proponer lo que estime oportuno. En cualquier caso me apunto a aquello de que el optimista tiene un proyecto, el pesimista, una excusa.

 

ENRIQUE LÓPEZ
Magistrado