El carro y los bueyes

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El Madrid pensaba que necesitaba un ganador nato para entrenar al equipo y lo va a contratar. Deseos son órdenes. Mourinho, de esa estirpe de Capello que todo lo que toca lo convierte en título con un fútbol práctico hasta el infinito y más allá, negocia en Milán su salida del Inter mientras en el Bernabéu su representante, Jorge Mendes, prepara el desembarco. Entre el Madrid y Mourinho el acuerdo es total: cuatro años de contrato, uno más de lo que dura el actual mandato de Florentino Pérez, con una ficha anual a la altura de lo que cobran Kaká y Raúl, más otra cantidad por objetivos. Es menos de lo que le paga Moratti, bastante menos de lo que podía haber cobrado si agotaba su compromiso en San Siro. Demuestra con ello su interés por entrenar al Real Madrid, enésimo reto, un sueño para él, triunfador en la «Premier» y en el «Calcio». Salta a la vista lo mucho que Mourinho ha puesto de su parte para proseguir su exitosa carrera en la Liga; pero aún tiene que poner algo más: la carta de libertad.El Madrid, que no quiere enturbiar sus excelentes relaciones con el Inter, ha dejado en manos del entrenador la rescisión unilateral y confía en que Moratti valore más la Liga de Campeones que el plantón del técnico. Las virtudes profesionales de «Mou» no se discuten; las diplomáticas, sí. Cuando el carro va por delante de los bueyes, se corre el riesgo de extinguir el incendio con gasolina, entonces las situaciones sencillas se complican. Estaba cantado que Mourinho sucedería a Manuel Pellegrini en el Real Madrid, y así será, de inmediato, si el presidente del Inter logra imponer la felicidad al orgullo.