Gozos y sombras

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La historia se repite. En el mismo escenario, Sevilla, hace veintiún años, José María Aznar era investido como nuevo jefe de la derecha española. Desde ese mismo instante, inició la refundación de un partido que aspiraba a convertirse en centro político. Entonces, muy pocos creyeron en él.

Pero el tres de marzo de 1996, el PP ganaba las elecciones generales. Ahora, Mariano Rajoy está en puertas de repetir la hazaña. El abrazo de ambos en la Convención sevillana encierra claves psicológicas: para Aznar, el mensaje de que acertó con su sucesor. Para Rajoy, la satisfacción de enlazar el legado aznarista y el diseño del futuro.

Curtidos ambos en la dura oposición y en las mieles del poder, todo indica que este partido está de nuevo preparado para gobernar. Rajoy conoce como nadie sus avatares internos. Si algo tiene acreditado el líder gallego es su rocosidad y capacidad de resistencia.

Falta le hará ante un PSOE debilitado y un Zapatero que cicatriza sus heridas a golpe de propaganda. En la reunión con sus «barones», contraprogramada para robar plano a la Convención popular, aún azuzado por todos los flancos, aparenta ser imbatible.

Hete ahí el aguijón del veterano Jordi Pujol: «La suerte de España es que no gobierna Zapatero, sino la Unión Europea». El actual Partido Popular está logrando generar confianza ante unos ciudadanos desmoralizados, escépticos y empobrecidos. Como en la magistral novela de Gonzalo Torrente Ballester, el paisano ferrolano de Rajoy, soplan vientos de gozos. Por el contrario, los socialistas se debaten en sombras. Cada vez más oscuras.