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Vainica doble con hielo

A veces la vida es un caramelo de limón del sol de mi país, con música cargada de gracia, complicidad y optimismo. Estos sentimientos infrecuentes se despiertan cada vez que uno vuelve a escuchar las canciones de Vainica Doble, con toda su profunda sencillez, articuladas con un humor brillante de andar por casa y un incomparable ingenio para evocar el surrealismo cotidiano. Son temas dotados de un particular encantamiento que se ríe del tiempo en un irónico cuento de nunca acabar.
El dúo compuesto por Carmen Santonja y Gloria Van Aersen siempre fue objeto de culto de un público minoritario y adicto que se regenera en nuevos fans irredentos. Artistas de artistas, placer casi secreto, a pesar de contar con algunas bandas sonoras televisivas bastante populares. Madrinas y fuente de inspiración de compositores de la Movida madrileña, que no ocultaban su veneración por ellas, madres o madrastras de los versos sardónicos de Joaquín Sabina, las Vainicas eran las niñas dulces y traviesas que surgieron de aquella alocada generación pop y yeyé de finales de los 60 y principios de los 70 dispuesta a jugar con una desmelenada iconoclastia. Los chicos y chicas que fueron a ver a los Beatles en las Ventas, moviéndose a 45 revoluciones por minuto, amantes del color y la extravagancia. Demasiado modernos para caer en la parda estética progre. Ahí florecían a la sombra de un rebelde José Luis Borau cineastas atípicos como Jaime Chávarri, Drove, Antonio Gasset o Iván Zulueta, que retrató a la nueva ola en la delirante «Un, dos, tres, al escondite inglés». Con aquellas musas que venían de fuera, Patty Sheppard, Judy Stephen o Jeanette. En medio de una escena musical tan boyante como pocas veces se ha repetido en nuestro país. Cuando un niño podía decir: «Mamá, te dejo dos días sola y te vuelves psicodélica». Las Vainica podían cantar tanto a la soledad de una chica que tenía que bordar punto de cruz, como recriminar a un marido por matar al gato de una patada. Representaban a una juventud señalada por un exquisito inconformismo ilustrado, mientras ponían música a las obras y películas de Jaime de Armiñán.
Así que la otra tarde nos acercamos a rendirles homenaje, cumpliéndose el décimo ani-versario de la muerte de Carmen Santonja, de la mano de Paquito Clavel, incombustible admirador y figura viviente del pop, capaz de ser en sí mismo un escaparate yeyé. Presentando un disco donde admiradores y amigos cantan versiones del dúo. Desde Lucía y Bimba Bosé a Encarnita Polo y la impagable Elena Santonja con las manos en la masa del sarao. Disfrutando de una estupenda efervescencia de emociones que, a fin de cuentas, más que como memoria a la funerala, sirvió para revivir otros tiempos en los que la gente era más divertida.

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