El escritor que siguió el rastro de la luz de la luna

BARCELONA-Cuenta James Attlee que empezó a obsesionarse con la luna en la consulta de un dentista. El médico había puesto en el techo de su consulta un póster de la Tierra de noche, algo que pudo ver el escritor mientras permanecía sentado en la silla del dentista. Ese es el punto de partida de «Nocturno», un apasionado ensayo publicado por Ático de los Libros, que invita al lector a buscar la luz de la luna. Profesor en Oxford y editor de libros de arte, Attlee ha dedicado varios años a recopilar el numeroso y variado contenido de su obra.
Una mirada al pasado

Attlee, en declaraciones a LA RAZÓN, explica que ha querido «volver a contactar con lo que ha dado sentido a los siglos, buscando en el arte y la literatura. Es lo que hacían nuestros antepasados, pero nosotros, al vivir en la ciudad, lo consideramos como algo poco habitual». El escritor considera que su libro va un poco más allá porque también es «un viaje físico donde la luna forma parte de la cultura, así como de montañas y desiertos que han escapado de la contaminación del mundo moderno».

Habla de aquellos que también se obsesionaron con la luna. Galileo Galilei es probablemente uno de los que más hizo por el gran astro gracias a la invención del telescopio. «Inicialmente pensó que se podía emplear como un invento bélico que permitía contemplar a los enemigos. Pero tuvo una revelación y pudo comprobar que podía ver la luna o Júpiter. Todo eso lo convenció de que la Tierra no era el centro. Eso fue considerado como una herejía». Attlee cree que queda por hacer una novela sobre el último acto de la vida de Galileo, su encuentro con John Milton.

En el extremo opuesto, en los años 20 de las revolución artística, otro italiano, Filippo Tommaso Marinetti hablaba de «asesinar a la luna», en la misma época en la que Miró pensaba hacer eso mismo en la pintura. «Lo que es curioso es comprobar que Miró es uno de los pintores que mejor ha retratado la luna. Ahí está, por ejemplo, su pintura "Perro ladrando a la luna". Hay que tener en cuenta que Marinetti estaba enamorado de la tecnología, de la nueva noche de las luces de las ciudades. Estaba afectado por la misma superstición que Mussolini: consideraba vital que no le tocara la luz de la luna porque si le tocaba perdía su poder», apunta Attlee.

Más raro es el caso de Rudolf Hess, quien fuera lugarteniente de Hitler. Tras ser condenado en el juicio de Nuremberg, quedó condenado a pasar el resto de su vida en la cárcel de Spandau. Allí se obsesionó con seguir la carrera espacial, llegando a mantener una extensa correspondencia con la Nasa. «Hess fantaseaba con la posibilidad de que un hombre pisara la luna. No se puede olvidar que los estadounidenses utilizaron en la carrera espacial a científicos que habían trabajado con el nazismo creando una tecnología nueva para sus cohetes, como pasó con Von Braun», aclara el historiador.

En «Nocturno», Attlee critica también el poco cuidado que el hombre tiene con su astro más cercano, hasta el punto de que allí se conservan las basuras dejadas por varias expediciones de astronautas. «Nos estamos comportando como lo hacemos con la Tierra. Es un entorno virgen donde cualquier cosa se preserva para siempre. Si no vamos con cuidado se destruirá su entorno», matiza.

 

Budistas y espejos
La búsqueda para «Nocturno» ha obligado a James Attlee a recorrerse todo el planeta, encontrando las situaciones más fascinantes. En Japón ha podido ver el festival budista, donde se pinta la irrupción del astro. En los desiertos de Arizona y Nevada, el autor ha podido comprobar que la luz de la luna aplicada en espejos convexos se utiliza para intentar curar enfermedades.