Berlín

A la medida

La Razón
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La reforma de la negociación colectiva es meramente cosmética y está hecha para agradar a los sindicatos. Al actual desastre económico no es ajena la política de compadreo permanente entre un Gobierno y unos sindicatos que han sido incapaces de consensuar medidas eficaces para crear empleo. Ambos son responsables de los cinco millones de parados que tenemos y ambos van a protagonizar la nueva pantomima que se prepara para contentar a Merkel y a la UE. Algo que no se logrará porque ni en Bruselas ni en Berlín son tan tontos como cree Rubalcaba, y van a considerar, seguro, que estamos ante una nueva reforma cosmética, estéril y puramente propagandística, que en nada sirve para solucionar los graves problemas de España. El hecho de que el decreto haya sido diseñado por el ministro sindicalista Valeriano Gómez, que se manifestó contra la reforma laboral de su propio Gobierno, no es sino un síntoma más del paripé que se avecina. La realidad, como ha reconocido públicamente hasta el diputado comunista de IU, Gaspar Llamazares, es que estamos ante un árbitro casero, o sea, escorado a favor de los sindicatos, y que el resultado del partido no va a servir para solventar la rigidez actual de la negociación colectiva, porque deja pendiente el absentismo laboral (auténtica lacra de las administraciones) y ni siquiera sirve para analizar la necesidad de un mayor control en el subsidio de desempleo y en el PER, por ejemplo. Ciertamente no se trata de tomar medidas a lo loco contra todos los que vivimos de un salario, faltaría más. Pero sí se debiera poner la lupa en una mejor gestión del gasto, impidiendo fraudes en materia de ayudas, subvenciones y subsidios, y exigiendo a los afectados mayor presencia, mayor disponibilidad y compromiso nítido a la hora de buscar empleo, endureciendo las normas para evitar que en la función pública española, igual que en muchas empresas privadas, se extienda la malsana costumbre de cobrar sin trabajar. La reforma que va a aprobar hoy el Gobierno tendría que entrar de manera contundente en todo eso, y no quedarse sólo en el voluntarismo de dar libertad a la negociación de los convenios en las diferentes compañías, pero dejando claro que en última instancia, si no hay acuerdo, prevalecerá el convenio marco que sentencien los sindicatos. La realidad de la medida es que Rubalcaba, como ocurriera antes con Zapatero, no quiere controversia alguna con Méndez y Toxo, y va a mantener inalteradas la capacidad de éstos para vetar, dirimir o dirigir las políticas de empleo. Y no tocará, por supuesto, ni uno solo de los privilegios de todo tipo de que gozan sus organizaciones pese a la crisis, tanto económicos como patrimoniales. Luego no puede uno ser mas pesimista con relación a esta cosa que hoy pretende aprobar el Ejecutivo en contra del criterio empresarial, con la oposición de los principales partidos del arco parlamentario y la incredulidad de Europa, que no se va a tragar el engaño, y si no al tiempo. Eso sí, los sindicatos y el ministro del paro, Valeriano Gómez, andan radiantes de felicidad. Tal es la arcadia miope en la que viven.