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La llaga del tsunami no se cierra en la familia Nemoto

Sin casa y sin trabajo, miles de japoneses no consiguen rehacer sus vidas atrapados por el recuerdo del terremoto y los efectos de la fuga radiactiva de la central Fukushima. Se calcula que la tragedia del 11 de marzo en Japón dejó 343.000 desplazados. Entre ellos, está la familia de Kum Nemoto, un japonés que vive en Madrid desde hace 22 años. 

La llaga del tsunami no se cierra en la familia Nemoto
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El tsunami que azotó la costa nororiental de Japón y que provocó la fuga radiactiva en la central de Fukushima trastocó la vida de Emiko Ikeda. Tras el desastre, esta mujer de 49 años estuvo llorando día tras día durante varios meses. No es realismo mágico, es la cara amarga de una depresión de la que aún no se ha recuperado del todo. Su casa estaba a tres kilómetros de la central nuclear. No se ha hecho oficial, pero ella intuye que no podrá volver en 20 años. Ahora es una de las 343.000 personas que fueron desplazadas de sus hogares. Desde entonces, ella, su marido y su hijo viven en un apartamento pagado por las autoridades de Fukushima. Tepco, la empresa propietaria de la instalación, le entrega una pensión mensual de unos 1.000 euros. Su hermano Kazuhiro, de 43 años, perdió el trabajo en una empresa de productos marinos ubicada a 50 metros de la costa. Cuando el tsunami avanzaba, Kazuhiro pudo huir. Él se salvó, pero su empresa no. Ahora vive con sus padres y sus tres hijos y convive con el ansia y la desesperación que conlleva el no poder encontrar un empleo digno un año después. Los desplazados lo tienen muy difícil para trabajar en los lugares que les acogen de manera temporal.El drama de la familia lo sufre con resignación e impotencia un tercer hermano que vive en España. Es Kum Nemoto, un japonés «de Madrid» desde hace 22 años. A 10.000 kilómetros de su país, Kum también se considera una víctima del terremoto y de Fukushima. Miren la foto. Tiene su cabeza pulcramente afeitada. Es una promesa que se hizo hasta que su hermano encuentre un empleo. Kum visitó en agosto a su familia en Japón. Entonces decidió escribir un blog que se ha convertido en un botiquín de urgencias, le cura los síntomas causados por la tristeza y la rabia de las cosas mal hechas en su país antes y después del terremoto. Le hubiera gustado estar viviendo allí en aquella jornada negra.Vicente García sí que estaba en Tokio el día de autos. Este español, propietario de El Castellano –el primer restaurante de comida española que se abrió en la capital japonesa, hace más de 30 años– explica por correo electrónico la lección de civismo que dio el pueblo nipón. De aquellas horas recuerda el pavor que sintió al ver a miles de personas en las calles «temiendo que se cayeran los edificios, todos en silencio, sin gritos, sin llantos, sin escenas de pánico». Vicente vio «un nivel de abnegación que no se puede explicar con palabras».Aquel 11 de marzo aciago, japoneses y españoles acudieron a su establecimiento, convertido en un punto de encuentro. El Castellano también se ha tambaleado por los efectos del tsunami. «Ahora facturo un 15% menos que hace un año», afirma Vicente. «La gente sale poco y ahorra más. Muchos se han comprado casas en la montaña, lejos de las ciudades, por si hay otro terremoto gordo. En la zona donde paso algunos fines de semana se vendieron 600 chalets en los 15 días posteriores al tsunami».El efecto devastador de Fukushima se ha sentido en la alimentación. La pesca y la agricultura quedaron prohibidas dentro del anillo de seguridad de 30 kilómetros fijado por el Gobierno, pero seis meses después se volvió a cultivar parte del campo, cuyos excedentes salen a la venta bajo estricta supervisión de las autoridades sanitarias. Vicente confiesa que pone mucho cuidado para evitar comprar productos de Fukushima. «Curiosamente, hay muchos japoneses que sí lo hacen con el fin de ayudar a la gente más afectada».Dice que sabe «de muy buena fuente» que la empresa eléctrica Tepco y el Gobierno nipón «se han gastado ya 380.000 millones de dólares en compensaciones por los productos que no se han vendido ni se venderán». Y añade que en Miyagi hay 13.000 hectáreas de suelo estéril, que no será cultivable hasta dentro de tres años. «En Fukushima sigue prohibida la pesca y se calcula que han cerrado 50.000 empresas», puntualiza. El japonés ama mucho a su país. «En situaciones extremas son estoicos pero diligentes, saben aguantar lo que venga». Un año después, cientos de voluntarios siguen yendo a limpiar las zonas afectadas durante los fines de semana: «Tocan música y hacen fiestas para subir los ánimos a estas personas que por desgracia no pueden estar en sus casas».