La República que nunca existió

La Razón
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El relato mítico de la izquierda española ha convertido siempre a la Segunda República en el escenario sublime donde se enfrentaron dos grandes fuerzas más morales que políticas, y más estéticas que históricas. Por un lado, está el impulso emancipador y luminoso de la propia izquierda, encarnado por los protagonistas republicanos y por un «pueblo» alzado para traer la modernidad. Por otro, las oscuras pulsiones de quienes se empeñan en defender sus privilegios y resisten al impulso modernizador. Esta narración, que, como todos sabemos, no tiene nada que ver con una realidad mucho más complicada, se inscribe a su vez en lo que se llama un «metarrelato», que le sirve de explicación y de marco. La Segunda República, esa lucha épica entre el Bien y el Mal, entre la Revolución y la Reacción, entre la Historia y la Edad Oscura, se inscribe en el fracaso general de la Historia de España, que desde los tiempos de la Reconquista, y tal vez mucho antes, siempre ha acabado frustrando los intentos de hacer del nuestro un país moderno. Aquí entramos en el presente, y en la obsesión historicista de la izquierda española, que le lleva a hacer de la Historia un argumento político, como una maldición que nos persiguiera a todos. Por eso siempre estamos hablando de lo mismo, una y otra vez. El primer capítulo de la nueva serie de TVE no varía totalmente el esquema, pero cambia el fondo del planteamiento. La España de los años 30 no parece un país atrasado y bestial –no lo era efectivamente–, y los personajes tienen una dimensión humana, más allá del esquema ideológico. Parece dibujarse una República ideal que nunca existió, pero se ha hecho un esfuerzo por salir de la épica convencional de siempre.