Respeto por María José Navarro

Hay jóvenes que no tienen ningún respeto por el mobiliario urbano
Hay jóvenes que no tienen ningún respeto por el mobiliario urbano

En este país tan fabuloso, del que presumimos en cuanto salimos al extranjero, hay gente muy borrica, con perdón de los borricos y toda la familia de los solípedos. Hay gente, por ejemplo, que disfruta destrozando confesionarios, tal y como se puede ver estos días en El Retiro de Madrid.

La primera conclusión es que los vándalos son contrarios a la visita del Papa. Podría ser, que no digo yo que no, pero mi teoría es otra. Los contrarios a la visita del Papa, por cierto, me merecen el respeto que hay que tener siempre a todas las opiniones mientras, eso sí, no se meen en los confesionarios. Estar en contra de la visita del Papa es una opción libre. A algunos les puede parecer mejor, peor, y los otros rebatir esa opción con argumentos morales y algunos, por cierto, rebatirla con argumentos similares a los que se usan cuando se justifica una final de Champions, cosa que a servidora le parece incompatible con otros principios que se utilizan y que nada tienen que ver con los dividendos que vaya a dejar. Pero el caso es que todo el mundo tiene derecho a pensar lo que quiera mientras, insisto, no desbeban encima para fastidiar.

Mi teoría, esa que llevo intentando explicar sin acierto desde hace unas líneas, es que destrozar confesionarios no es síntoma de oposición a la Jornada Mundial de la Juventud, sino propio del español borrico. El español, así, a lo bestia, es incapaz de ver algo en pie sin atizarle una patada. El español es ese tío que sale, se empaloma, se engorila, se toma tres cañas, y mientras tenga un público reducido y de confianza, tiene que pegar un petardo bueno antes de irse a acostar. Es ese que en vacaciones lleva pesquero y da voces en las grutas con poca luz, o esa que presume de haberse recorrido los mejores festivales independientes de música, pero no consiente que la gente se mueva por otros motivos que no sean la brillantez del último disco. El compatriota es ese cazurro que gusta de dar la nota, ese que es capaz de apuntarse a una oenegé para defender al oso pardo y, al mismo tiempo, ser un completo gilipollas con el mobiliario urbano. Es ese pardillo que clama ahora por las flores de una mediana y luego se alivia entre dos contenedores cuando hay fiestas patronales. Es ese al que no le importa molestar a las señoras mayores que están en sus casas cuando va de pedo, pero pide que no le canten un «Aleluya» a mediodía. El borrico patrio es así, queridos niños, y no hay manera de que respete, no ya lo ajeno, sino lo propio. Con suerte esto acaba como quisiéramos todos: participando cada cual en lo que desee. Y si no, estaría bien echar mano de la tolerancia, que parece exigible sólo cuando conviene.