Historia

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El tiempo de los muertos

La Razón
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Cierto es que este nuestro tiempo no quiere saber nada de historias ni de historia, pero más bien de la historia real, de la que se trata de borrar lo que nos displace, como los faraones destruían los cartuchos de reinados anteriores; o el maoísmo, el pasado entero.
Pero, lógicamente, lo que ha sido no va a dejar de ser porque lo olvidemos o tratemos de borrarlo. Si algo ha mostrado el psicoanálisis, esto ha sido que la historia personal más olvidada o reprimida queda agazapada en los adentros, y, si no aflora a la conciencia y a la memoria, irrumpirá por donde pueda hasta destruirnos. Y quizás todo esto también funciona de una manera analógica en las comunidades humanas, que igualmente tienen sus heridas y sus noches. Esto es, las agonías y luchas, complejidades y complejos, como los de los adentros individuales; pongamos por caso una situación similar al «complejo de Edipo» de los grupos sociales, y de los momentos culturales y, al olvidar voluntariamente la historia, es decir, el tiempo de los padres, y al reprimir todo eso lo más posible, ¿no querríamos en realidad, entonces, matarlo para moldear el presente como dioses o demiurgos?
 Tratándose de una sociedad o de una situación de cultura, esa muerte del tiempo de los padres parece deseada para siempre, porque el futuro será ya un tiempo clónico del nuestro, pura repetición de esta historia nuestra de ahora mismo que sería la plenitud de los tiempos. Ya no habrá nada nuevo; pero tampoco ni sombra ni recuerdo de lo que la historia o tiempos de nuestros padres fue. Ninguna infección de pasado, como digo.
¿Seguimos llevando flores a los muertos, pero ya hay como un hiato total entre ellos y nosotros, de tal manera que nos resultan extraños o amenazantes? Los hombres, incluso los más bárbaros, intuían de algún modo que las generaciones de los hombres sólo son eslabones de la misma cadena de la vida y de la historia. Y el cristianismo habló a los hombres de que la humanidad entera formaba una irrompible comunidad humana de vivos y muertos; pero nosotros no queremos saber nada de esos muertos ni de su tiempo, como no sea para montar, con esas «viejas supersticiones» tan curiosas, argumentos de películas, guiones de televisión, o parques temáticos, que son los lugares donde ahora acaban las esperanzas, las tragedias y los pensamientos más atrevidos y profundos de los hombres, porque ahí generan dineros y negocio. ¿Otra forma de devorarnos los humanos, y no sólo simbólica? No lo sé.
Las adoraciones del pasado o del futuro sólo son idolatrías que se han revelado más bien sangrientas y grotescas, como diría Aldous Huxley, porque se trata del mismo engaño y de la misma idolatría; mientras que desposar el presente hasta hacer de él la plenitud de los tiempos sólo significa la incapacidad para la misericordia por el dolor del mundo y nuestro endiosamiento de nuestro tiempo y de nosotros mismos.
Uno de los pioneros del descubrimiento del ADN, Erwin Chargaff, en una entrevista realizada por Alfonso Armada poco antes de morir, describía al siglo XX como el más bárbaro de la historia, y resulta difícil contradecir tal afirmación, pero también su otra aprensión de que el siglo XXI pudiera superar esa barbarie. Porque, si no hay historia y, con ella, remordimiento y luto por lo realizado o lo dejado de realizar, los mecanismos necesarios a la barbarie – burocracia y tecnología sustancialmente – podrán alzarse de nuevo en cualquier instante, en manos de cualquier ideología.
Pero, si lo sabemos, es por el tiempo de los muertos; aunque todo ocurre como si ahora se quisieran borrar igualmente las conquistas de los tiempos pasados, y también sus esperanzas y sus netas determinaciones frente a la violencia que siempre vieron en nuestra naturaleza y, por eso, necesitada ésta de tanta vigilancia. ¿Se nos ha convencido de la no existencia misma de esa violencia, o de que nuestro deber civilizado es entregarnos a ella, inermes?
No sabría contestarme.