Mancillar el escudo

Martín Garitano. Cuándo: 23 de junio de 2011. Dónde: en las Juntas Generales de Guipúzcoa. Por qué: Martín Garitano, nuevo diputado general de Guipúzcoa, porta medalla y pin con el número de preso de Arnaldo Otegi en el pleno de su investidura

La Razón
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Un poco más abajo del tercer botón de la camisa podemos ver el actual escudo de Guipúzcoa, reformado por las Juntas Generales en 1979, rectificando el que adoptaron las Juntas Generales de Hermandad en 1466. Aquellos vascos de 1466 incluyeron en el escudo diez cañones, atrapados en la batalla de Velate a un conjunto de tropas formadas por gascones franceses, lansquenetes alemanes y navarros, cañones que habían servido para atacar a Pamplona. Durante más de medio milenio, exactamente durante 533 años, ése fue el escudo de Guipúzcoa, pero el moderno –hablar de moderno en heráldica parece tan fuera de lugar como referirse a las «novedades» de la tradición– es el que legalmente simboliza el territorio, y el que ostenta, como signo de su cargo, el nuevo Diputado General, don Martín Garitano, ex subdirector del diario Gara.
Un poco más arriba, en la solapa izquierda, ocupando el lugar del ojal, encontramos lo que parece otro escudo, pero no es tal, sino un largo número. ¿Habrá tenido el nuevo Diputado General de Guipúzcoa el detalle afectuoso de ponerse en la solapa el número de alguna de las más de ochocientas tumbas que se abrieron y cerraron por los asesinatos de ETA? No. El número que ostenta es el número de un preso, Arnaldo Otegi, huido a Francia en 1977, acusado de haber asaltado el Gobierno militar de San Sebastián, robos de vehículos a mano armada, explosión de una gasolinera y liberación de un preso de ETA que estaba internado en un hospital. Fue absuelto del secuestro de Javier Rupérez, pero, luego, fue condenado por el secuestro del empresario Luis Abaitua, director de la fábrica Michelin de Vitoria. Estuvo secuestrado diez días. La víctima declaró que le habían tratado bien, pero en esos diez días perdió seis kilos de peso.
Garitano ya ha dicho en muchas ocasiones que no condena la violencia del pasado de ETA porque él mira al futuro. Y quiere la paz, claro. Un País Vasco en el que haya paz. Y que no haya violencia, y que todo se olvide. Quiere decir adiós al pasado, sin mirarle a la cara. Pero el pasado existe. Y construir la paz sobre la sangre inocente de más de 800 seres humanos, sobre el miedo y la incomodidad de 250.000 vascos que se tuvieron que marchar de la tierra que les vio nacer por la actuación de pistoleros como Otegi; sobre los mutilados tras las explosiones; sobre hijos, padres, madres, esposas y maridos que, de repente, un día se enteraron de que la vida de su ser más querido había sido segada para que el País Vasco fuera libre, no es sencillo. El propio Garitano, en su despedida del diario Gara, dice en su párrafo final: «¡Ay, ama qué difícil es despedirse!». Y es cierto. Para las amas, para las madres, es muy difícil despedirse tan sangrienta y bruscamente del hijo que ha salido de sus entrañas. Y no olvidan, Garitano, no olvidan, porque una madre no se despide nunca. Y cuando ve cómo el escudo de su Guipúzcoa se mancilla con el número de preso de un pistolero, que está en la cárcel por homenajear a dos sicarios a los que les reventó el explosivo con el que iban a matar a otros hijos de otras madres, a esas amas, Garitano, a esas madres, se les estremece el corazón, sienten una punzada de angustia y desconsuelo, no sólo por el recuerdo del hijo asesinado, sino por la chulería, por la fanfarronada exhibicionista del nuevo diputado general de Guipúzcoa. No sólo tienen amas los diputados generales. Hay muchas amas, muchas madres, que al ver deshonrada la dignidad del cargo con esa torpe exaltación de los pistoleros que han matado a sus hijos, habrán podido comprobar, duramente, que lo difícil no es despedirse de un periódico: lo difícil es vivir en Guipúzcoa con un Diputado General que deshonra el escudo de su tierra y ultraja a sus muertos.