Un «Silbato» para aclarar el futuro

- Madrid. Primera de la Feria de Otoño. Se lidiaron novillos de la ganadería de Gabriel Rojas, grandes, deslucidos y de pocos fondo salvo el manejable 4º y el buen 6º. Menos de tres cuartos de entrada.- Francisco Montiel, de grosella y oro, media, aviso, descabello, segundo aviso, otro descabello más (silencio); pinchazo, pinchazo hondo, media, tres descabellos, tres avisos (silencio). - Alberto Durán, de caña y oro, estocada, siete descabellos, aviso (silencio); tres pinchazos, estocada (silencio). - Víctor Barrio, de marino y oro, estocada (silencio); estocada (oreja). Parte médico de Antonio Cama: herida en región perineal de 20cm. que desgarra esfínteres y recto. Pronóstico muy grave.

Víctor Barrio se tiró a matar con todo. Le iba la vida. O eso parecía. De ahí que de tanto coraje no encontrara la salida y se enganchara en los interminables tiempos en los que se debate la suerte suprema. Zarandeado, quedó todo en un susto. El susto que cerraba tibio festejo, descastada novillada, salvo ese «Silbato» para robar titulares y maquillar resultado. Se cobró la estocada y con la boca cerrada se tragó «Silbato» la muerte en mitad del ruedo. Dueño él del universo de arena y en el corazón de Madrid.

De rodillas
Le tocó a Víctor Barrio ventura/desventura, que se fue a los mismos medios para comenzar la faena de muleta y de rodillas. Una tanda, con muchas ganas, mientras el toro apuntaba lo que fue: largura en el viaje, prontitud y esa transmisión para aclarar el panorama a un novillero en ciernes. Por la derecha, ya repuesto, en pie, le tomó Barrio la medida al toro, cuanto más por bajo, más entrega. Un regla de oro para romper el esquema. Lo gozamos por ahí, había tardado, pero aquello tenía melodía. La fusión toro-torero funcionaba. Después ocurrió que el camino tuvo lagunas; que en la izquierda, por donde el novillo iba de verdad, desafinó el temple y la inercia para cambiar de mano, ya sin rumbo la faena. Sacó Barrio una retahíla de remates, algunos bonitos, estéticos, otros improvisados: una manoletina de rodillas de tamizado éxito. La estocada, demoledora imagen con esa verdad a cuestas, le devolvió la emoción para cortar la oreja. Ovación para el toro.

Hasta ese momento, vivíamos una tarde trivial. Sin mayores glorias que el demérito de ver un toro, herido de muerte, volver a los corrales, mientras el público contaba más exhaustivo aún que el presidente los segundos para echarle al corral la res. A un novillero que se había ido al menos a recibir al novillo a portagayola, ahí queda la crudeza del dato. Fue aquel Rojas, el que volvió por donde había salido, el menos malos de los que llevábamos lidiados y el que se llevó por delante a Antonio Cama para herirle muy grave. Poca fortuna. Francisco Montiel se enfrascó después en una faena de limitados recursos y se atascó con la espada hasta el hastío. Así ocurrió. Su primero, protestón y sin fondo, no le dejó más que un rincón a la voluntad y al descubierto la ineficacia con los aceros.

Alberto Durán no tuvo lote. Ni de lejos. Ni equivocándose los dos novillos de Gabriel Rojas sacaron una ilusión de la que prender. Nada. Pero en Durán se vislumbró algo en su alegría con el capote y en querer buscar el sitio correcto con la muleta. Después, la realidad le cerró a presión salir de allí con buena cartera para el año siguiente. Mala clase sacó el tercero. El de Barrio. Pero el tiempo le recompensó después con un novillo para salir lanzado del ocaso de temporada. «Silbato» lo tuvo todo por torear.