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España en el «prime time» por Manuel Coma

La Razón
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¿Cómo nos ven los americanos? Sencillamente no nos ven. No saben mucho más de nosotros que nosotros de Mali o Laos o, para poner ejemplos más equilibrados, de Illinois y Ohio. Rarísimamente se nos menciona en la Orensa o los telediarios. En una gran librería de Nueva York que tenía un servicio de envío por correo de lo comprado, me preguntaron una vez si España estaba en Europa y otra si era ultramar. No se trataba de afán cultural, era cuestión de tarifas postales. Pero ya se sabe que sólo son noticias las malas noticias y nuestra situación económica lo es y ello nos ha metido de rondón en el debate presidencial, a título de ejemplo ocasional de en donde no debe caer EE UU. Era pues más bien un contraejemplo, que puso Romney para apuntar a qué extremo podía abocar la política de Obama. No deja de ser curioso que la ignorada España hubiera tenido también el raro honor de figurar en similar justa dialéctica hace cuatro años, entonces Obama-McCain. El candidato demócrata nos citó a propósito de que George W. Bush le había hecho el vacío durante todo su mandato al jefe de Gobierno español. La moraleja era que el líder americano no puede tratar así a un aliado, cosa que Obama no haría. Pero una vez en la Casa Blanca, dio la medida del peso de España en su país concediéndole a Zapatero muy poco más que una miserable «photo opportunity», y no se dignó pasarse por Madrid ni en los seis meses en que ostentamos la Presidencia de la UE. La ocasión actual no nos debe deprimir demasiado. Romney sabe muy bien que Grecia o Portugal están peor. Que nos cite a nosotros no deja de ser un reconocimiento de importancia, aunque sea en lo negativo. El republicano lo hizo con el desvaimiento con el que realizó toda su intervención, sin atreverse a atacar a fondo, discutiendo casi todo el tiempo que si mi plan que si tu plan, cayendo en la red que desde el primer momento le tendió su oponente, con el objetivo de apartarlo de la crítica de lo que había hecho en los cuatro años anteriores, de lo que el presidente huye en su campaña como del diablo, y enzarzándolo en una maraña de cifras, porcentajes y detalles económicos que aburren a un muerto. No ha sido brillante para Obama, pero él va ganando, no le era indispensable, mientras que consiguió que no lo fuera tampoco para su competidor, que necesitaba desesperadamente un éxito rotundo. Éste es, por supuesto, un juicio que la mayor parte de los comentaristas conservadores no comparte, por convicción o porque quieren insuflar ánimos a sus huestes. Destacan que su hombre por fin hizo una exposición de su programa y eso cambia la naturaleza de la contienda, de un duelo entre personas a uno que se dirima entre propuestas. Veremos.