Historia

«Apología de Sócrates»

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Si no me falla la memoria, mi primer acercamiento a la «Apología de Sócrates» debida a Platón tuvo lugar en los años –se me llena el corazón de nostalgia– del bachillerato de letras. Contaba el P. Arce, incomparable maestro de la lengua de Pericles y mi mejor profesor en el seno de una galería memorable, con una antología de textos que traducíamos a diario y que nos llevó a hacernos con los rudimentos de la lengua a través de pasajes de Jenofonte, Esopo, Platón o el evangelista Lucas. Ahí fue donde me topé por primera vez con el Platón que recordaba la muerte de su maestro. Con posterioridad, leí el libro en español y luego han venido docenas de lecturas en la lengua original. Pues bien, a pesar de lo trillado del repaso, nunca deja de causarme impresión aquel Sócrates anciano, condenado a muerte por los atenienses y empeñado en no escapar de la prisión siguiendo las súplicas de sus discípulos. Las razones que el agudo filósofo daba para no huir de una sentencia más que injusta fueron fundamentalmente dos.
La primera, que Sócrates creía en la democracia y no estaba dispuesto a violar la legalidad como sus acusadores. La segunda, que Sócrates estaba convencido de que tras esta existencia mortal y terrena nos espera otra ultraterrena e inmortal en la que, por puro sentido común, aquellos que han buscado el bien recibirán consuelo y los que han perpetrado el mal serán objeto de un justo castigo. Siempre he creído que este segundo aspecto pesó especialmente en el corazón de un Sócrates que sufría en carne propia el deterioro del sistema democrático. Prueba de ello era que la administración de justicia se había corrompido hasta el punto de condenarle a beber la cicuta acusándole de corromper a la juventud, a él, que sólo les indicaba cómo buscar lo bueno y cómo ser piadosos. Sócrates no cayó en la amargura sino que decidió no colocarse a la altura de los malvados y confiar en que la Divinidad haría justicia. Lectura obligada donde las haya.