Apoteosis

Se iba el maestro, se fue. Con su corte de torero antiguo se despidió de Madrid como sólo los grandes pueden soñar. Y lo bordó con el cuarto, gran toro, también de ensueño; el ideal para el adiós sin olvido. Y Esplá estuvo cumbre, por un pitón, por el otro, soberbio en los remates. Encontró inspiración, duende y sentido. Delirio el que llevó a los tendidos, se derramó el Madrid de sus amores y castigos. La rendición más absoluta a toda una vida y al calor del toreo desmedido, roto y profundo. El maestro desgranó uno a uno los misterios de la tauromaquia en una burbuja de leyenda, grabada ya para siempre. Se fue a hombros y era su hijo, torero también, Alejandro Esplá, quien le izaba sobre sí mismo. Padre e hijo encaminaron la puerta de la gloria, como gloriosa fue su tarde. El toreo es grandeza.