De bares con la súper abuela

De bares con la súper abuela
De bares con la súper abuela

Mientras las amigas de Mercedes se entretienen con tareas propias de su edad –81 años y como una rosa, alucinante–, ella, una súper abuela sin tiempo para hacer calceta, se coge el autobús cada dos por tres, el Supra que va de Bilbao a Madrid, para convertirse en Asun, la rubia más explosiva de «Camera Café» con permiso de la Cerezuela.
Quedamos con Mercedes en la cafetería del hostal donde vive cuando viene a grabar, un lugar modesto en el que se come de maravilla, aclara, «y por dos euros menos que en el bar de al lado». Olviden pues que nos enfrentamos a una diva del celuloide, menos aún a las manías propias de ciertas estrellas cuando llegan a la edad de oro. Lo de Mercedes es otra historia, y tan brutal que daría para una película, así que a ver si alguien toma nota. Víctima de las dificultades de la posguerra, dejó de estudiar cuando era una niña, y no aprendió las reglas básicas hasta pasados los cuarenta mientras sacaba adelante a una familia más que numerosa. Entre medias, el gusanillo del artisteo le picaba tanto que se apuntaba a cualquier rodaje, aunque sólo fuera de figurante, a horas intempestivas o con la frase «melocotón en almíbar, por favor» como único vehículo para obtener un segundo de gloria. Hasta el día de su jubilación. Fue entonces cuando cambió la bata de auxiliar en el hospital de Cruces por las clases de interpretación en la escuela de Getxo, donde, setentona y estupenda, se codeaba con adolescentes en la lucha por triunfar. Y lo logró, pero vean cómo. Cuenta Mercedes con una gracia digna de Oscar que un día, mientras disfrutaba de unas vacaciones en Benidorm, la llamaron para hacer un casting en Madrid. Ella, sin dudarlo un segundo, se subió al autobús, siempre el autobús, y viajó durante toda la noche para llegar a tiempo a la prueba. Una interminable semana de nervios precedió a la sorpresa final: ella había sido la elegida para imitar a Chenoa en un anuncio de quesos que muchos recordarán. De ahí a la fama sólo faltaba otro golpe de suerte, el que le llegó con «Camera café».
Y ahí sigue, convertida en la becaria más surrealista de la televisión y a la espera –«esto no se te olvide ponerlo», insiste– de que Álex de la Iglesia cuente con ella para su próxima película, «para un papel de abuela asesina o algo así, ¿no me imaginas?». Completamente. Lo suelta Mercedes y se ríe, quizá porque sabe que ahí tiene su público, más cerca de la generación de los videojuegos que de los tópicos televisivos sobre la tercera edad. Eso sí, insiste en que Álex o quien sea –«Uribe también me gustaría»– deberán darse prisa, «que no quiero morirme sin hacer cine y el calendario no espera». Dicho esto, se mete en la barra y, con el brillo en la mirada de quien va a hacer una trastada colosal, se pone a enredar en la máquina de cafés. Hasta que logra que le salga uno, ya lo ven en la foto. De Oscar.