Historia

El hombre sin atributos

La Razón
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Algunas obras maestras parecen llevar sobre si el estigma de la desgracia. O no llegan a traducirse, o la traducción es deplorable o no se leen apenas. Entre las primeras podría citarse «Sus ojos miraban a Dios»; entre las segundas, buena parte de la narrativa rusa y, entre las terceras, «El hombre sin atributos», de Robert Musil.
A decir verdad, la vida del autor y el desarrollo de la novela permitían sospechar ese destino aciago. Soldado derrotado en la primera guerra mundial, vivió después en la nueva Austria desmembrada. Su paso por Berlín concluyó con la llegada del nacional-socialismo al poder y cuando Hitler entró en Viena se vio obligado a abandonar su Austria natal para refugiarse como tantos otros en Suiza. Allí murió cuando todo parecía indicar que el Reich de los mil años se iba a convertir en una realidad.
Su novela más conocida constituye una recreación de la sociedad austriaca previa a la Gran Guerra. Sin embargo, su evocación –a diferencia de «El mundo de ayer» de Stefan Zweig– dista mucho de ser amable. En Kakania –el nombre helénicamente simbólico que recibe el imperio austro-húngaro– vive Ulrich que, con 32 años, decide dedicar un año de su vida a decidir qué hará en el futuro. Lo que discurre entonces por las páginas de la novela es un verdadero torbellino de ideas y teorías entre las que se encuentran desde el antisemitismo de pre-guerra en el que bebería Hitler a las tesis de Nietzsche que tanto entusiasmaron a no pocos seguidores del Führer.
En medio de ese océano de reflexiones, de tesis e introspecciones, el lector va descubriendo la crisis profundísima de una sociedad que camina hacia su extinción porque ni la modernidad ni la apelación al racionalismo son suficientes para vivir dignamente.
Pocos lo discutirían si recuerda que el Gulag soviético y Auchswitz nazi estaban agazapados en el futuro y, sin embargo, no sabemos si Musil conservó un atisbo de esperanza porque no llegó a concluir su genial relato. Quizá fuera mejor así porque las consecuencias de lo que comenzó antes de 1914 persisten hasta el día de hoy.