Literatura

San Francisco

Historias talladas a mano

Historias talladas a mano
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Escritora secreta, Amy Hempel es una de las cuentistas más admiradas de la literatura norteamericana. Alice Munro y Chuck Palahniuk se deshacen en elogios hacia su obra y Rick Moody, autor del prólogo que acompaña la edición de estos relatos completos, no duda en incluirla en un linaje que va de Grace Paley a Ann Beattie y de Cynthia Ozick a Lorrie Moore, «escritoras que, en muchos casos, son mucho más importantes que sus coetáneos masculinos».Historias tristes, ingeniosas y urbanas componen la ficción de Hempel, que se nutre del mismo vaivén que acompañó el pulso de su vida. Nacida en Chicago, criada en Denver, en los años sesenta recaló en California y merodeó por los barrios hippies de San Francisco. Fue ayudante de un veterinario, sufrió varios accidentes de coche, trabajó como docente, se casó y fue voluntaria con perros guías.Semejante recorrido vital, sin embargo, no resultó un impedimento para que, entre un oficio y otro, comenzara a despuntar los relatos de su primer libro, «Razones para vivir», publicado en 1985 gracias al impulso de Gordon Lish, el editor de escritores minimalistas como Richard Ford y Raymond Carver, y al que siguieron, en 1990, «A las puertas del reino animal», «Tumble Home» en 1997 y, ocho años después, «El perro del matrimonio». Cuarenta y siete cuentos y una novela corta reunidos en este volumen imprescindible en el que hay relatos perfectos como «Tres papas entran en un bar», «La cosecha», «Ofertorio» y «El cementerio donde está enterrado Al Jonson», con parejas que se desintegran, mascotas que desaparecen y embarazos que se interrumpen, una mezcla milagrosa de comedia, poesía contemporánea, prensa rosa, artes visuales y canciones populares donde lo primordial, como señala Moody, no se halla en la trama, sino en las frases, en la manera en que las frases se insertan en los párrafos, el ritmo y la ambigüedad. La prosa seca y cortante de Hempel, así, transita por territorios que exceden los límites impuestos por el minimalismo y se detiene, alejada de todo sentimentalismo y sensiblería, en la construcción minuciosa de oraciones como: «El corazón me latió dos veces antes de comprender qué significaba aquello. Entonces se hizo tan patente como un ataúd abierto». O: «Está cansada de las voces. Les dice no a las voces. El problema es que las voces no admiten un no, y siguen a lo suyo». En cualquier caso, la edición de estos cuentos completos, que se hunden como piedas pulidas en la desoladas aguas de la cotidianidad, permiten ingresar en la obra de una escritora brillante, única, que actualmente reparte su tiempo entre la escritura y su trabajo como médica forense. No sería extraño imaginarla rodeada de cadáveres, rumiando frases que duelen, que abren el alma. Y salvan vidas.