Infancia sana

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Es como para preocuparse, que cada vez más niños padezcan trastornos psicológicos. Los mayores aseguran que antes, cuando los hijos se criaban jugando en la calle, era menos común que sintieran malestares o reflejaran inadaptaciones. Cuando la sociabilidad era obligada y los entretenimientos materiales estaban contados, era menos frecuente que los niños y los adolescentes tuvieran la impresión de vivir en un mundo difícil de entender o de sentirse incomprendidos. Cuando no existía tanto nombrecito ni tanta maquinita, dicen, los niños crecían con menos preocupaciones y en una hoy añorada armonía. Lo cierto es que las estadísticas muestran que los problemas emocionales en niños y adolescentes se han multiplicado de forma alarmante en los últimos años, y que los trastornos psiquiátricos a esas edades, son más comunes en España que en otros países europeos. El contexto familiar influye en el desarrollo psicológico de los hijos, pero también el social lo hace, y si resulta que nuestro país es el mayor consumidor de cocaína y otras drogas de la UE, no es de extrañar que entre nuestros jóvenes prevalezcan problemas emocionales, además de la degeneración del cerebro y los trastornos cognoscitivos y de memoria que causan dichas sustancias. Una infancia sana requiere promover el amor, la inteligencia social y el esfuerzo. Sin estas poderosas herramientas indebidamente minusvaloradas, seguirán aumentando sin clemencia los porcentajes que indican la prevalencia de los trastornos en nuestros pequeños. De momento, ya necesitamos una mayor y más eficaz atención profesional. Y en todas las comunidades por igual. No puede ser desventajoso para un niño el haber nacido en según que parte de España. Para ello, es necesario que la especialidad en psiquiatría infanto-juvenil sea una realidad en nuestras universidades. Un diagnóstico precoz del autismo, el trastorno por déficit de atención o la depresión, ahorraría muchos disgustos, problemas y tiempo, a las familias de los afectados. Un tratamiento efectivo frena la evolución del trastorno y, lo más importante, frena también la triste posibilidad de que se mantenga en la edad adulta.