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La decepción de los sueños

La decepción de los sueños
La decepción de los sueños

Ayer, de una manera rocambolesca, la temprana muerte a los 50 años de Michael Jackson lo colocó finalmente en ese nivel de iconos que se atribuía hasta la fecha a personajes como Elvis Presley, John Lennon o Brian Jones. Aparte de sus superventas mundiales, las circunstancias de su prematuro fallo cardíaco poseen, de una manera irremediable y casi tópica, los ingredientes simbólicos de esos relatos míticos, entre el carácter de drama rostandiano de la muerte de Elvis o la circunstancias de resonancias trágicas y homéricas del asesinato de Lennon. Si a los rockeros de los ochenta les hubieran dicho que los principales iconos a nivel planetario de su década iban a ser Michael Jackson y Madonna, se hubieran sentido un poco decepcionados. Se venía de unas décadas gloriosas para la rebeldía juvenil y los mitos de las décadas anteriores (Elvis, Lennon, Janis Joplin, Jimi Hendrix, Jim Morrison, etc.) Habían tenido siempre un carácter mucho más contestón. Jackson, sin embargo, resultó ya desde pequeño un niño hiperadaptado a esa escalera del triunfo en la industria del espectáculo. Para ascenderla estaba dotado con una voz y unas dotes musicales excepcionales. Tras una década de los sesenta de, musicalmente, casi pura explotación infantil por parte de su familia, le llegó a finales de los setenta una década de tremendo prestigio profesional rematada por otra, los ochenta, de terrible y masivo éxito comercial. A partir de ahí, llega la Demencia con mayúsculas, a base de casas fastuosas con nombres infantiles, operaciones faciales, juicios por pederastia, rumores de la enfermedades más diversas y apariciones en público enmascarado.La vida con sus hechos casuales nos recuerda siempre su suciedad, monótona y realista. Se toma su paradójica revancha de los sueños delirantes con cosas como el rarísimo cáncer anal que termina con Farrah Fawcet, precisamente uno de los perfiles traseros que se quiso más saludables de los setenta. O con ese clásico fallo cardíaco que (pueden consultarlo a cualquier forense) provoca una acentuada lividez en los cadáveres. A través de ella, Michael Jackson, de una manera grotesca y brutal, conquistó por fin la exquisita y blanca palidez de sus sueños.