Historia

La estatua

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Tras expurgar las calles y avenidas, la Ley de Memoria Histórica tendrá que ofertar en el BOE plazas de investigadores arqueológicos para poder seguir adelante con la cruzada mediática que pretende exorcizar a la Historia del espíritu Franco pero sólo quitándolo de los monumentos. La misión, prietas las filas, será revisar baúles, desvanes, trasteros y museos que permitan encontrar, por lo menos, una cangrejera, un mosquetón o una frase incendiaria de Mola. Un esfuerzo que para «nuestras nuevas generaciones» será tan gratificante como para una pandilla de jubilados de casino planificar una embestida contra el genio militar carlista de don Tomás Zumalacárregui. Antes de que se levante un índice de reliquias a buscar y se revisen las haciendas donde hallar el busto en terracota de cuando el dictador era corneta, falta la última estatua, digamos, viva. Metáfora de su pasado africanista, este Francisco Franco joven está exiliado en Melilla; expulsado ya de la Península, ha encontrado asilo en Juan José Imbroda, que lo conserva, incluso contra las obras, por recordar su labor como castigador de Abdelkrim. Era España entonces Larache y Tánger. El presidente melillense reivindica la deuda, pero será Chacón la que determine dónde colocar la cabeza de esta última pieza de cinco puntas de la Historia. Entonces, dinamitado el enroque vacila y políticamente incorrecto de Imbroda, los arqueólogos de la memoria histórica tendrán que ponerse a trabajar intramuros. Y tiembla hasta Casa Pepe (Venta de Cárdenas, Despeñaperros), donde despachan morcillas y chorizos junto a dnis y llaveros de Francisco Franco, José Antonio y otros jóvenes valores.