«Lolo» a los altares en silla de ruedas

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La beatificación de «Lolo» Lozano está cada vez más cerca. Desde que ayer el Papa anunciara oficialmente el reconocimiento a sus virtudes heroicas, «Lolo», minusválido, periodista y apóstol alegre, ya es «venerable». El postulador de su causa de beatificación, monseñor Rafael Higueras, ha asegurado a LA RAZÓN que este paso es «definitivo» en su camino hacia los altares: «El Papa ha reconocido públicamente la heroicidad de su vida y sus virtudes, ¿qué más queremos? En realidad ahora todo depende del milagro, que en este caso ya existe. Se trata de un chico, español, que ahora tiene 23 años y es árbitro de tenis, y que cuando tenía un año y medio fue salvado por mediación de «Lolo» cuando estaba al borde de la muerte, tras una peritonitis y tres operaciones. Estaba agonizando, pero pusieron el crucifijo de «Lolo» bajo la almohada y se curó. Los médicos no daban crédito», asegura.
Nacido en Linares en 1920, «Lolo» un joven de Acción Católica, vio cómo a los 22 años una parálisis progresiva le dejaba en silla de ruedas. Su inmovilidad fue total y en los últimos nueve años la ceguera se sumó a sus sufrimientos. Monseñor Higueras le conocía bien. Estuvo a su lado cuando murió, y lo recuerda, como un hombre de alegría contagiosa: «Aunque fuera un hombre enfermo, «Lolo» era un hombre de alegría exultante, aceptó la enfermedad como un regalo de Dios. Para él, el sufrimiento no era un obstáculo, sino un escalón que debía superar. Toda su historia es un testimonio de superación continua», afirma. «Un día –cuenta el postulador– el hermano Roger de Taizé se acercó a su casa. Lo vio. Lo oyó hablar. Miró aquel cuerpecillo agarrotado, tomó la pluma y escribió en la pantalla de la lámpara que alumbraba desde el rincón la mesa donde «Lolo» trabajaba, "Lolo, sacramento del dolor"».
Pero «Lolo», a pesar de su sufrimiento, vivía para escribir y seguía sintiéndose periodista: «Él hablaba del "gusanillo del periodismo"», prosigue monseñor Higueras. «Al principio de la enfermedad se ataba el boli a la mano derecha. Luego a la izquierda y, finalmente, cuando la ceguera le impidió seguir escribiendo, cogía la grabadora y dictaba lo que quería escribir». Cuenta que era un hombre con un gran sentido del humor: «Antes de su enfermedad era el líder de su pandilla, le llamaban para ir a jugar al fútbol, para ir de ronda con las chicas... y también era muy dormilón», recuerda con una sonrisa.