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La Razón
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La Liga de Campeones tiene, entre otras virtudes, la de mostrar diferentes estilos de juego. La diferencia de calidad que existe entre unos equipos y otros, a veces, se acorta cuando el teóricamente inferior, además de poner gran fe en la contienda, se limita a practicar el fútbol que mejor le cuadra. Sucedió anoche en Glasgow. El Barça salió a jugar convencido de que con la reiteración en el pase, la mayor posesión del balón le había de dar ventaja casi inmediata en el marcador. El Celtic no se complicó la vida y recurrió a las virtudes tradicionales del fútbol británico: entrada por las bandas y balones para el remate de cabeza.

Esperábamos el gol barcelonista y llegó, inesperadamente, del Celtic. Centro desde la izquierda y remate en plancha, de Hessenlink, al estilo más clásico de los delanteros centro. Se lanzó a por el balón, lo encontró y dejó helado al Barça que hasta ese momento había tenido más ocasiones de gol.

Afortunadamente, empató Messi con tan sólo dos minutos de diferencia. De nuevo llegó el tanto escocés en jugada similar aunque esta vez el remate de cabeza fue menos cinematográfico. El Barça insistió en su juego elaborado, en el pase corto y los intentos por el centro del área adversaria donde la barrera humana y las acertadas intervenciones del guardameta impedían su ventaja, que se presumía y no llegaba. Con el paso del tiempo, el Celtic, dominado, fue aculándose y en el segundo tiempo la superioridad barcelonista fue manifiesta. Con ella llegaron los tantos del triunfo y otras varias ocasiones que pudieron haber dejado el marcador en humillante derrota.

Volvió a ser titular Ronaldinho y reapareció Etoo. Quien en realidad resolvió la eliminatoria fue Messi. El Barça tenía enfrente al más blando de los posibles adversarios y el partido dejó claro tal concepto.