Historia

Sin olor

La Razón
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En la vida política, como en la vida cotidiana, lo importante es tomar las decisiones en el momento oportuno. No es bueno que, por culpa de cualquier precipitación, la solución pensada para resolver un problema solo sirva para complicarlo. Tampoco es aconsejable demorar la acción de manera que tardemos veinte días en decidir qué haremos la semana próxima.
Su prisa por entrar en la Historia le hizo al presidente Aznar tanto daño como le causa ahora a Zapatero su torpeza para elegir en las relaciones internacionales un bando en el que las ventajas de su presencia no sean también sus inconvenientes. Cada relevo en Moncloa le ocasiona a España un severo trastorno diplomático. Es como si nuestros presidentes arrastrasen una incapacidad gremial para circular sin sobresaltos por los itinerarios de la política internacional, propagando la idea de que representan a un país que sólo se toma en serio la informalidad y las bromas. Una demostración obvia de ese espíritu errático fue el empeño de Aznar por poner al día el futuro sin esperar el porvenir y la obsesión de Zapatero por improvisar el pasado con la pala de desenterrar la Historia.
Así están las cosas: mientras China se dispone a conquistar el espacio exterior, el presidente español se apresta a la conquista del subsuelo, empleando en los muertos el tiempo y el esfuerzo que tendría que invertir en los vivos. Dicen que Aznar era tenaz pero poco inteligente, y que, si fuese lúcido, ni siquiera un tipo tan torpe como Bush lo habría elegido como socio. En cuanto a Zapatero, a lo mejor tienen razón quienes creen que su audacia es la secuela menos dolorosa de su mediocridad y que si a veces acierta en sus decisiones es porque se equivocó de error. Esa sutil inutilidad internacional le ha demostrado al mundo lo capaces que somos los españoles de tirarnos pedos sin olor.