Los republicanos piden unidad en la recta final

Líderes conservadores como Graham o Cruz temen perder el control del Senado

Las encuestas han encendido todas las luces de emergencia entre el «establishment» republicano. Una cosa es ir dos o tres puntos por detrás de tu rival y otra acumular una desventaja de dos dígitos. Si los sondeos y los expertos en demoscopia clavan el resultado EEUU podría contemplar una derrota implacable del candidato republicano. Incluso resulta plausible que el Senado, aunque por poco, termine en manos demócratas. Otorgándole una mayoría en las Cámaras que no disfruta desde los primeros dos años de la presidencia de Barack Obama.

Pero no todos en el bando republicano temen la debacle. Algunos incluso consideran que el partido necesita estrellarse. Morir para renovarse. Para regresar a la senda del conservadurismo ilustrado. Para soltar amarras con los vestigios del Tea Party, desligarse de los comentaristas más exaltados y limpiar la cubierta de todos los partidarios de las conspiraciones. Congregados al calor del trumpismo en estos últimos años.

Una de las intelectuales estadounidenses más perspicaces, la historiadora y periodista Anne Applebaum, premio Pulitzer y autora de clásicos como «Hambruna roja: La guerra de Stalin contra Ucrania», y «Gulag: Historia de los campos de concentración soviéticos», buena conocedora del partido, acaba de publicar un libro, «El ocaso de la democracia», donde entre otras cosas reflexiona sobre la caída de los republicanos en el infierno del populismo.

En una conferencia pronunciada en el Weinberg College ha explicado que la esperanza republicana, pasa porque el 3 de noviembre se dé un una victoria descomunal de Biden. Eso y que el Senado también caiga en manos demócratas. Sólo entonces, opina, un sector del Partido Republicano podría empezar a reconocer que acaso los últimos cuatro años fueron calamitosos.

Pero, advierte, si Trump cae por poco, y si pueden esgrimirse las excusas de rigor, si los consejeros y analistas camuflan la derrota bajo unas décimas de diferencia, entonces el trumpismo se hará fuerte. Sucedería algo similar a la deriva woke, multicultural e identitaria entre los demócratas, que en 2016, lejos de aprender de la derrota de Hillary Clinton, redoblaron su apuesta reaccionaria. «Y si intenta hacer trampa y robar las elecciones y fracasa en eso también», añadió Applebaum, refiriéndose a Trump, «en otras palabras, si no tiene éxito, entonces puede haber un ajuste de cuentas en el partido y una posibilidad de renovarse».

Hay quien considera que el origen del virus demagogo puede rastrearse en 2008. Cuando el entonces candidato, John McCain, trató de contrarrestar el carisma del incipiente Obama con una candidata a la vicepresidencia tan visceralmente freak como la ex gobernadora de Alaska, Sarah Palin.

El mismo ex senador lamentaba que con Palin el partido abrió las compuertas de la sala de máquinas a los cazadores de titulares hiperbólicos y los adictos a la política asumida como espectáculo de tres pistas. Una cosa es cortejar con calculada equidistancia a los más radicales de tus seguidores, navegar con guiños moderadamente populistas en las aguas turbias del voto más exagerado, y otra, muy distinta, nombrar como número dos a uno de sus más conspicuos representantes.

Applebaum, en un artículo para The Atlantic, reflexiona sobre las sucesivas claudicaciones de algunos líderes demócratas, ejemplificadas en los casos de Lindsey Graham y Mitt Romney, desde siempre «miembros leales del Partido Republicano» y «escépticos del sector radical y conspirador del partido». Los dos denunciaron el peligro que, a su entender, suponía la consagración de Donald Trump. Graham, un convencido del papel líder de EE UU en el mundo, consideraba que el «Estados Unidos primero» trumpiano minaba todas y cada una de sus convicciones.

Romney, entre tanto, pensaba que Trump carecía de cualquier «honestidad y responsabilidad». Años después Graham acabó de corifeo del hoy presidente y Romney llegó a pedirle un puesto en el Gobierno. Quién sabe si la caída de Trump no los devolvería a sus viejos ideales y posturas. Entre tanto el senador por Texas, Ted Cruz, ha explicado en la NBC que teme que los resultados sean «terribles». «Creo que podríamos perder la Casa Blanca y ambas cámaras del Congreso y que podría ser un baño de sangre de las proporciones del Watergate». Queda por saber qué piensa y no dice respecto al hombre que en 2016, en mitad de las primarias republicanas, llegó a insinuar que su propio padre, Rafael Cruz, exiliado cubano, opositor primero de Batista y luego de Castro, podría haber tenido algún tipo de relación con el asesinato de John Fitzgerald Kennedy.

Los asesores de Trump, entre tanto, buscan la forma de llegar a las bolsas de electores todavía susceptibles de inclinarse por el presidente. Aspiran a suturar las divisiones en el partido y a poner sordina al ruido de cuchillos en la esperanza de repetir su gran gesta de hace cuatro años. Una sorpresa que nadie descarta, y menos que nadie los propios capitanes de la campaña demócrata. No en vano el Washington Post destaca que Jen O’Malley Dillon, gerente de la maquinaria electoral de Biden, ha escrito a sus donantes para advertir del peligro de una nueva sorpresa.

Trump es el antipolítico por antonomasia y todos los manuales, todos las brújulas parecen estrellarse y fracasar cuando tratan de predecir sus próximas jugadas. «No podemos volvernos complacientes porque la verdad más punzante es que Donald Trump todavía puede ganar esta carrera», les dijo, «y cada indicio que tenemos muestra que esto va a llegar hasta el final».