Alexis Tsipras, de “enfant terrible”a alumno ejemplar de la Unión Europea

Decía Federico García Lorca que todos somos comunistas a los 20 años y conservadores a los 40. Ese viaje hacia el pragmatismo parece reflejar bien la carrera política de Alexis Tsipras. Al frente de la Coalición de Izquierdas (Syriza), dio el «sorpasso» al histórico Pasok en las dos citas electorales de 2012. El viejo bipartidismo entre conservadores (Nueva Democracia) y socialistas (Pasok) era sustituido por uno nuevo entre la derecha y los izquierdistas, que lograban una inédita victoria el 25 de enero de 2015. Ante la inquietud del resto de la UE, Grecia sería el primer país europeo en ser gobernado por la extrema izquierda bajo el mando de Tsipras, referente de la izquierda anticapitalista, con Podemos a la cabeza, con la promesa de dejar de pagar la deuda. De hecho, Pablo Iglesias compartió numerosos actos de campaña en mangas de camisa con su nuevo líder. Tras su victoria, Tsipras prometía que «hoy hemos terminado con la austeridad. La troika pertenece al pasado».

Pero esas proclamas chocaron con la realidad de un país exangüe que tras dos rescates y ver desplomarse un 25% su PIB dependía de la ayuda europea para no caer en la bancarrota. Tras unas torpes negociaciones a cargo del inflexible Yanis Varufakis en el Eurogrupo, Tsipras convocó un referéndum que amenazaba la permanencia de Atenas en el euro. Pese a su victoria, el «corralito» financiero al que se vio abocado el país le obligó a dar su brazo a torcer y a aceptar un tercer rescate de 86.000 millones a cambio de más recortes y austeridad. Un giro que provocó la escisión de Syriza: el sector crítico fundó Unidad Popular y dejó en minoría a Tsipras, que ganó las elecciones anticipadas de septiembre.

Su buena estrella se prolongó durante toda la legislatura. Incluso la salida de sus socios ultranacionalistas de Griegos Independientes (ANEL) por firmar un histórico pacto con Macedonia sobre la denominación del nombre de la ex república yugoslava, que ha puesto en pie de guerra a los sectores más conservadores, pudo con él. En agosto, sus éxitos económicos se veían recompensados por la salida del rescate, aunque los «hombres de negro» aún visitan cada tres meses Atenas para que el antiguo «enfant terrible» siga siendo ese alumno ejemplar que tanto admiran en Berlín o París. El político que prometía que no se pondría corbata hasta que Grecia no saliera del rescate ya no es un referente para la extrema izquierda, sino que es cortejado por la socialdemocracia, ávida de aliados con tirón electoral.

El propio Tsipras reconoce su frustración al ver que sus compatriotas no le premian en las urnas por sus logros, entre ellos el de reducir del paro del 27% al 18%. «Los griegos no pueden olvidar quién causó la crisis, quién no supo manejarla y destrozó la economía y la sociedad, y quién sacó al país del atolladero y la humillación», repitió en la campaña. Ya se sabe que nadie es profeta en su propia tierra.

Tsipras se estrenó en política a principios de los 90 como líder estudiantil contra la reforma educativa y militante de las Juventudes Comunistas (KNE). Allí conoció a su pareja, Peristera Batziana, apodada «Betty», una ingeniera informática con la que tiene dos hijos. De esa época es una foto de un joven Alexis en una colina con el pelo revuelto y una enorme sonrisa que anticipaba que lo suyo no era la ingeniería civil. En 2000 abandona a los comunistas y se suma a las juventudes de Synapismos, partido ecologista mayoritario en Syriza, donde comienza una imparable carrera interna que le conduce a su dirección en 2008, con solo 34 años. Sigue sin dejar indiferente a nadie. Un idealista para sus admiradores o un niñato irresponsable para sus detractores. Cuatro años después, muchos de los que le votaron se han distanciado, decepcionados por practicar la misma política que los partidos que decía combatir.