Política

Arranca la era Bolsonaro en Brasil

Expectación e incertidumbre ante la llegada al poder del líder ultraderechista. La crisis económica, la endémica corrupción y la violencia son los principales retos del nuevo presidente brasileño

Camisetas del presidente electo de Brasil, Jair Bolsonaro, colgadas en un puesto de Brasilia / Efe
Camisetas del presidente electo de Brasil, Jair Bolsonaro, colgadas en un puesto de Brasilia / Efe

Expectación e incertidumbre ante la llegada al poder del líder ultraderechista. La crisis económica, la endémica corrupción y la violencia son los principales retos del nuevo presidente brasileño.

La mayor democracia de América Latina y dueña de la economía más robusta e importante de la región cierra 2018 con expectación e incertidumbre por el porvenir que se anuncia al país a partir de mañana con la investidura del 38° presidente de la República de Brasil, el ex capitán del Ejército Jair Bolsonaro. Hasta entonces, el ex diputado federal fue marcado desde siempre más por sus posiciones polémicas que por su actuación parlamentaria por el pequeño Partido Social Liberal (PSL). Elegido en segunda vuelta con el 55,1% de los votos, Bolsonaro hereda un país en crisis económica, con cuentas públicas deficitarias y en rojo alarmante, con cerca de 13 millones de desempleados, previsión de crecimiento del PIB de tan solo un 1,4% y altos indicativos de violencia –más de 63.000 homicidios al año.

Además, el ultraderechista tendrá también el desafío de pacificar a un país dividido, pues a pesar de su victoria en las urnas, más de 47 millones de brasileños apoyaron al candidato rival, Fernando Haddad, del Partidos de los Trabajadores (PT), todavía la primera fuerza en la Cámara de los Diputados, con 56 escaños, seguida por el PSL, con 52. Sin mayoría absoluta, ya contando con sus alianzas seguras, Bolsonaro tendrá que negociar con otros partidos «sin moneda de cambio en forma de cargos», como acostumbra repetir.

Bolsonaro se erigió con una plataforma moralizante y justiciera defendida desde un primer instante a través de sus redes sociales, que se transformaron en su principal medio de información política, de ideas y pensamientos para los 147 millones de electores inscritos. Los argumentos propuestos por el ex diputado calaron como guantes en la mano de una mayoría de brasileños desencantada con la élite política y hastiada con los escándalos de corrupción reinantes en todas las esferas políticas y asociadas a empresarios. El rechazo popular a todo aquello y en dirección a un cambio más radical de costumbres y comportamientos –no solo políticos, pero también sociales– fue demostrado en aquella fecha. Con ello, ahora se instala el temor a retrocesos en algunos sectores de la sociedad, a raíz incluso de las posiciones defendidas por Bolsonaro a lo largo de sus más de 25 años de vida pública. A su vez, el auge internacional del nacionalismo y la ultraderecha ha tenido sus consecuencias políticas en Brasil. El caso más reciente fue el «desinvitar» a última hora a representantes de Cuba, Venezuela y Nicaragua a la ceremonia de posesión.

Además de las 60 delegaciones extranjeras, se espera que cerca de 500.000 personas asistan en Brasilia al acto de juramento del nuevo presidente de Brasil. En su cuenta de Twitter, Bolsonaro, citando un reportaje del periódico estatal «Granma» con críticas a su futuro Gobierno, defendió la decisión de no invitar al presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel. «En detrimento de sus ciudadanos, Cuba se alimentó de miles de millones de reales en nombre del Foro de San Paulo», escribió el presidente electo.

Bolsonaro es acusado por sus opositores de racista, homófobo y defensor de la pena de muerte. En su currículum público hay pasajes donde expresa nostalgia de la dictadura militar (1964-1985), elogios a un coronel reconocido como torturador por la Justicia y de abogar en el pasado por el cierre del Congreso. Declaraciones y posiciones polémicas que provocan incertidumbre, dudas y miedos a una buena parte de la sociedad brasileña, que no tuvo la oportunidad de confrontar ideas con los rivales, ya que Bolsonaro no participó en los debates con los demás candidatos. Bolsonaro pasó casi todo el mes de septiembre en un hospital, tras ser apuñalado durante un acto electoral en Juiz de Fora. Desde entonces, intensificó su campaña a través de las redes sociales y rehusó cualquier debate, incluso en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales.

Algunas de sus promesas de campaña tendrán que ser aprobadas por el Congreso Nacional, que desde la vuelta de la democracia en 1985 ha registrado su mayor renovación en las pasadas elecciones. Hasta 21 partidos cuentan con representación en el Senado y, sin vuelta de hoja, el presidente tendrá que negociar con todas las fuerzas. En la Cámara Federal, ocho partidos con 148 diputados deben hacer oposición, mientras una mayoría relativa ya está cerrada con Bolsonaro. Otros pocos partidos votarán de acuerdo con el interés de cada uno. Entre otras promesas anunciadas durante dos meses de campaña, está la apertura y cierre de empresas en 30 días; la venta de activos de Petrobras; la rediscusión de impuestos estatales sobre la energía, incluso combustibles; la unificación de tributos; la introducción de un modelo de capitalización; el impedimento de aprobación automática en las escuelas; la enseñanza a distancia como alternativa en áreas rurales; la inclusión profesional de la educación física en el Programa de Salud de la Familia; tipificar acciones del Movimiento Sin Tierra como terrorismo; readecuar el Estatuto del Desarmamento; rescatar el proyecto 10 medidas contra la corrupción; y reducir aranceles de importación y barreras no tarifarias.

Además de 22 ministerios (cinco menos que el actual Gobierno), secretarías con estatus de ministerio y gabinetes, Bolsonaro incluye al general de la reserva y vicepresidente Hamilton Mourão, otros tres oficiales del Ejército, un almirante de la Armada y un teniente coronel de la Fuerza Aérea brasileña. A parte de estos, otros dos nombres con formación militar están confirmados para integrar su equipo principal. Desde el final de la dictadura, hace más de tres décadas, no se veía semejante implicación de los militares en la vida política del país.