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Canto a la madre España

En 1923, con motivo de la celebración de la Fiesta de la Raza en Santander, la Real Academia Española premió la poesía del ilustre venezolano Don Andrés Eloy Blanco «Canto a la madre España», obra publicada por la Exposición Iberoamericana de Sevilla en 1930.

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De Andrés Eloy Blanco, escribió Rafael Arraiz Luca: «En pocos hombres de esta tierra ha encargado con mayor pertenencia la venezolaneidad como en él».

Político, diplomático y sobre todo padre ejemplar quiso, cuando apenas contaba con 21 años, expresar su amor a la madre patria escribiendo en su verso:

«Y canten por la España ultramarina,

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La que dirá a los siglos
con su voz colombina

Que el imperio español no tiene fin.

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¡Porque aquí, Madre mía, son barro de tu barro,

Lobeznos de Bolívar, cachorros de Pizarro, Nietos de Moctezuma, hijos de San Martín!»

Pero Blanco no fue el único en expresar el amor a España, ya desde el alumbramiento de las Repúblicas americanas se apreciaba un agradecimiento filial.

Don Andrés Bello, venezolano y chileno, escribió en el prólogo a su «gramática de la lengua castellana»: «Juzgo importante la conversación y la lengua de nuestros padres en su posible pureza, como un medio providencial de comunicación y un vínculo de fraternidad entre las varias naciones de origen español levantadas sobre los dos continentes».

Es así como esa herencia de lengua y cultura se transmite por siglos y hoy en nuestros tiempos tenemos testimonios como el de Mariano Briceño Iragorry:

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«Para meditar sobre su historia gloriosa y fecunda, en este día ausente de difuntos cercanos, yo he ido Patria arriba hasta el hogar donde hace más de cuatro siglos vivieron los abuelos partidos a las Indias. No he venido a buscar la sombra de mi gente vieja. He venido a subirme en escaleras de siglos para mirar desde las airosas torres que guardan las cenizas de los padres antiguos».

Ciertamente es esa la España nuestra, la madre de toda América la que Don Miguel de Unamuno decía «España está por descubrir y sólo la descubrirán españoles europeizados».

Ese mismo escribió en «Don Quijote y Bolívar» que las relaciones culturales entre las naciones americanas no son lo íntimo ni activas como debían serlo y que a veces había menos distancia entre Caracas y Madrid que entre Caracas y Bogotá.

Destacaba que Bolívar por ser adepto al quijotismo devenía en hijo de quien lo engendró, España.

Transcurridos siglos apreciamos que fue España quien inventó a América, que fueron esos abuelos aventureros, misioneros y aventajados quienes dieron forma a esa sociedad incorporando los elementos culturales de los amerindios y negros africanos.

Hoy América entera agradece a España no solo su lengua, su cultura y su espíritu libertario, el quijotismo enraizado tanto en el alma como en el corazón.

América es España y gracias a ello el Atlántico no es un Océano sino un pequeño río. España debería integrarse a Europa desde esta perspectiva, como el valor que merece haber dotado al Nuevo Mundo de alma y lengua.

Hoy agradecemos los americanos y reclamamos. Agradecemos por acoger a tantos hijos que huyen de los maltratos en sus propias patrias. Reclamamos una implicación en la lucha por la libertad y justicia en esas no tan lejanas tierras que Andrés Eloy decía:

«Todo el mar de Occidente rebose de murmullos,

El árbol de la lengua se arrebuje en capullos;

Haya en España mimos y en América arrullos;

El mismo vuelo tiendan al Porvenir las dos;

Y el mundo, estupefacto, verá las maravillas de una raza que tiene por pedestal tres quillas y crece como un árbol, hacia el cielo, hacia Dios».