El cadáver de Al Bagdadi, arrojado al mar

Los restos del líder del Estado Islámico (EI), Abu Bakr al Bagdadi, que voló por los aires tras detonar un chaleco explosivo, ya duermen bajo las olas. Acabó igual que Osama Bin Laden, cuyo cadáver fue sepultado en el mar para evitar que su tumba atrajera a los fanáticos. Parece que de su muerte hay testimonio gráfico, fotografías y vídeos grabados por los drones y los comandos especiales. Al menos eso confirmó el jefe del Estado Mayor del Ejército de EE UU, el general Mark A. Milley, para posteriormente asegurar que desconoce si serán difundidos.

Fue otro hombre cercano a Bagdadi, Mohamed Ali Sajet, el que habría proporcionado la información clave para dar con su paradero. Al menos eso explicaba ayer CNN, que había podido hablar con alguien cercano a la operación, y que asegura que Ali Sajet, miembro desde 2015 del califato que aterrorizó Siria e Irak, fue detenido por el Ejército iraquí hace dos meses y comenzó a cooperar con los equipos antiterroristas. Fue gracias a él que pudo ubicarse al clérigo asesino en la frontera noroccidental de Siria, previo paso por otro colaborador, muerto en una operación antiterrorista que permitió acceder a documentos sensibles. Sajet ha hablado de un Bagdadi acorralado, escondido en un foso en el desierto disimulado con una jaima en el exterior, aislado de casi todos y poco a poco menos capaz de coordinar la insurgencia. «Utilizamos la inteligencia humana y nos acercamos», le ha dicho la fuente de la inteligencia iraquí a la CNN, y su declaración subraya, precisamente, el temor que existe en el Pentágono a que EE UU pierda con su retirada todo el trabajo y todos los contactos establecidos sobre el terreno en la lucha contra el EI.

En palabras de David E. Sanger en «The New York Times», «la muerte del líder del EI en una audaz incursión nocturna reivindicó el valor de tres fortalezas estadounidenses tradicionales: alianzas sólidas, fe en las agencias de inteligencia y la proyección del poder militar en todo el mundo». El problema es que si algo ha distinguido la política internacional de Donald Trump es la corrosión sostenida de las viejas alianzas, y más que nunca la destrucción de puentes en el norte de Siria con las fuerzas kurdas a merced de Erdogan, así como la guerra interna, ruidosa e inclemente, contra los propios servicios de inteligencia de EE UU. A los que el mismísimo presidente no ha dudado en ridiculizar en numerosas ocasiones, molesto por los pormenores del «Rusiagate» y convencido de que tanto el FBI como la CIA trabajan para minar su reputación y arruinar su mandato. Por si acaso alguien considera que este tipo de operaciones serán más difíciles de llevar a cabo en el futuro, cuando el Ejército de EE UU haya cedido todo el terreno a los rusos y los turcos, el secretario de Estado, Mike Pompeo, niega la mayor. Entrevistado en la Fox, afirmó que tiene «una enorme confianza en que tendremos profesionales de inteligencia donde los necesitemos, y que podremos comunicarnos con ellos. Tengo bastante idea de cómo se llevan a cabo esas operaciones de inteligencia. Son algo complejo, sofisticado, amplio y profundo». Pero su optimismo no parecen compartirlo analistas tan reconocidos como Thomas Friedman, que ha criticado con extraordinaria dureza el triunfalismo de un Trump que parece querer transmitir que muerto Bagdadi se acabó el EI. Entre otras cosas porque el Estado Islámico nació por la avalancha de yihadistas sin oficio ni guía en un Irak desgarrado y, abunda el columnista del «Times», como reacción, brutal, ciertamente, de los suníes, a las brutalidades de signo contrario que estaba cometiendo el nuevo Gobierno de Irak.