Política

El «síndrome Shalit» atenaza a las familias israelíes

La Razón
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Uri Goldwasser vivía en Nahariya con su mujer cuando fue llamado como reservista por el Ejército israelí el 18 de junio de 2006. Iba a servir durante 28 días, y el 12 de julio sería su última jornada. Ya tenía hasta el capazo preparado para volver a casa. Se encontraba en el norte, cerca de la frontera con Líbano, en una «patrulla rutinaria» en línea paralela a la valla de seguridad. Un misil alcanzó su unidad. Tres soldados israelíes murieron, Eldad Regev y Goldwasser fueron secuestrados por Hizbulá. «Los terroristas capturaron a mi marido para provocar una guerra», indicó su mujer, Karnit Goldwasser, a LA RAZÓN en 2008. Insistía en que «mi marido no era ni siquiera un soldado, estaba haciendo un master en Ingeniería Medioambiental». En julio de 2008, Hizbulá devolvió a Israel los cadáveres a cambio de presos. La sociedad israelí se debate entre su deber como ciudadanos y el miedo a perder a sus seres queridos. No todos, aunque el servicio militar es obligatorio y dura tres años, están dispuestos a morir en Gaza. En total, Israel ya ha autorizado la incorporación a filas de 66.000 reservistas, que de hecho es su cuota más alta desde la guerra contra Hizbulá, en el sur de Líbano. También en 2006 los milicianos de Hamas entraron en territorio israelí a través de un túnel: fue el 25 de junio y mataron a dos de sus compañeros y capturaron a Gilad Shalit, cuando tenía 19 años. Estuvo cinco años y cuatro meses en manos de Hamas. Su caso conmocionó al país y Shalit se convirtió en un «hijo» de todos los israelíes, de todas las familias. Su caso sigue fresco en la memoria. Su liberación se produjo en octubre de 2011, con duras críticas del ala más dura de la derecha, pues fueron liberados 477 presos, muchos acusados de terrorismo.