Italia

La coalición italiana descarrila

El tren de Turín a Lyon agrava la división del Gobierno de coalición La Liga y el M5E votan a favor y en contra, respectivamente, de la línea de alta velocidad y reavivan los rumores de ruptura.

El vicepresidente italiano, Matteo Salvini, ayer tras la votación en el Senado / Reuters
El vicepresidente italiano, Matteo Salvini, ayer tras la votación en el Senado / Reuterslarazon

El tren de Turín a Lyon agrava la división del Gobierno de coalición La Liga y el M5E votan a favor y en contra, respectivamente, de la línea de alta velocidad y reavivan los rumores de ruptura.

Turín siempre fue una ciudad bien. El centro del Piamonte es la cuna de los Saboya, la del conde de Cavour y la primera capital de Italia tras su unificación. En sus calles se cuenta que lloró Nietzsche abrazado a un caballo mientras creía entender el sentido de la vida. Demasiado cerca de Francia y más centroeuropea que mediterránea, a Turín llegaron antes los progresos de entresiglos. La luz eléctrica, el cine, la automoción. De ellos nació la FIAT, metonimia de la industria italiana. La empresa, proveedora de trabajo para cientos de miles de migrantes internos, ha estado siempre gobernada por una familia rica, los Agnelli, el capitalismo aristocrático. Sus masas trabajadoras originaron una vanguardia antifascista y las élites fundaron la Juventus, la Vecchia Signora.

Turín es cuna de pensamiento y activismo político. Representa la italianidad noble y refinada, aunque hoy su vecino más ilustre sea Cristiano Ronaldo y esté gobernada por el populismo del Movimiento 5 Estrellas (M5E).

Todo este compendio social explica que en los años 90, cuando comenzaron las obras para construir un tren de alta velocidad que iría en paralelo a la actual vía que une Turín con Lyon, el proyecto se convirtiera en un asunto ideológico de primer orden. La Italia emprendedora contra la de las banderas comunistas, que piensa que el túnel de 60 kilómetros que debe travesar los Alpes es un atentado medioambiental. Estamos en la época de los movimientos antiglobalización, que en Italia tuvieron un fuerte arraigo por su pasado social y asambleario.

En la memoria, Génova, las manifestaciones contra el G8, los días en los que Iglesias y Errejón eran amigos y los carabinieri repartían palos. Ése también fue el embrión del M5E, que pasó a ser el partido del «No-TAV», como se conoce al tren de alta velocidad. Pero el M5E ha cambiado tanto que ahora se confunde con las instituciones. En 2016 consiguió la Alcaldía de Turín y el año pasado completó su toma de la Bastilla con el asalto al Palacio Chigi. Su mutación de movimiento de protesta a partido de Estado le ha hecho perder casi toda conexión con sus orígenes, pero la oposición al TAV se ha mantenido firme. Ni que fuera por mantener la compostura. Por eso, cuando el primer ministro, Giuseppe Conte, anunció que el proyecto se llevará hasta el final, en el M5E sintieron el frío del acero. Su última bandera, traicionada por un abogado al que ellos eligieron para presidir el Gobierno. Desde el partido han intentado defender que el asunto deberá pasar el filtro del Parlamento, pero ya está todo decidido. Las obras para la construcción de las vías se prolongan desde hace más de dos décadas –como, por otra parte, suele ocurrir en Italia–, pero ninguna administración había tomado la decisión definitiva de terminarlas. Después de muchas prórrogas, la Comisión Europea ya ha recibido la comunicación oficial.

Al día siguiente de su anuncio, los senadores «grillinos» abandonaron el Senado en señal de protesta cuando Conte se disponía a dar el parte sobre la posible financiación rusa a la Liga, el otro socio del Ejecutivo. Con el M5E hundido en los sondeos y una crisis de Gobierno tantas veces anunciada que algún día será real, el liderazgo en el partido de Luigi Di Maio se tambalea. Conte parece buscar un perfil propio con el que aspirar a ser una alternativa en la formación o para no transformarse en el capitán que ve hundirse impasible el barco. El TAV es un mastodóntico proyecto que ronda entre los 7.000 y los 8.000 millones de euros, de los que Bruselas ya ha pagado una décima parte. Había muchas presiones de la UE y de Francia para no perder el dinero invertido, aunque la verdadera razón por la que Conte decidió mover ficha fue mitigar las presiones de los gobernadores del norte de la Liga, que amenazaban con provocar la caída del Gobierno.

Ayer, las posturas irreconciliables volvieron a quedar de manifiesto. El M5E y la ultraderechista Liga votaron de forma distinta sobre el futuro de la polémica TAV. El Senado votó seis mociones no vinculantes sobre esa línea de alta velocidad, una de ellas presentada por el M5E para emplazar al Parlamento a estudiar cómo romper el tratado firmado con Francia hace 20 años. Y el M5E se quedó solo votando en contra de completar la obra. Aun se desconoce qué implicaciones tendrá este hecho en el futuro de la ya de por sí desgastada coalición del Gobierno, pero Di Maio abandonó el edificio sin decir una sola palabra después de haber sido abroncado por el resto de fuerzas. La Prensa hablaba de «consecuencias» y reavivó los rumores de crisis.

Las semanas precedentes la Liga había iniciado una rebelión para solicitar más autonomía en las regiones ricas –Véneto y Lombardía–, como aprobaron en referéndum hace dos años. En esto también difieren los inquilinos del Palacio Chigi, así que el primer ministro decidió tragarse el sapo del TAV antes que el autonómico.

Ayer, Matteo Salvini, pudo haber puesto el último clavo en el ataúd de Di Maio. En Turín volvieron a ganar las élites. Los colectivos «No-TAV», que habían prometido guerra, protagonizaron una protesta con carácter más nostálgico que otra cosa. Hace meses un grupo de cinco mujeres organizó otra marcha de rechazo que reunió a unas 30.000 personas. Entonces, «La Stampa», el periódico local que se vanagloria de su fundación en 1867 y que controlan los Agnelli, tituló a toda página: «Turín, la otra Italia». Este país siempre vivió en una especie de guerra fría, hoy perdida por el M5E.