Internacional

La frustración es mayoría

Son casi 150 millones los que podían votar ayer en Brasil y muchos de ellos lo habrán hecho porque quien se abstiene puede ser multado. Que una parte mayoritaria pueda inclinarse por Bolsonaro causa asombro sobre todo en la sofisticada Europa, donde en estos días la posibilidad de un triunfo de un candidato ultra para nuestros esquemas mentales suscita asombro y pavor.

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El guión, el drama para muchos, tiene un sabor a Trump que te hace reflexionar. En la sólida democracia de EE UU –el país en el que nunca ha habido un golpe de Estado– un candidato soez, misógino, lenguaraz, de escasa cultura y pasado económico vidrioso vencía a una mujer mucho mejor preparada, con experiencia de gobierno y con apoyos económicos para derrochar dinero en la campaña. Además, mujer, algo que en 2016 podía ser un plus.

Se trató de explicar argumentando que Trump era un candidato antisistema ideal en un momento en que los votantes se encontraban hastiados de los políticos, que sus estrategas habían planteado una campaña muy inteligente con una hábil utilización de las redes sociales y con concentración de esfuerzos en estados que tradicionalmente inclinan la balanza y que acabaría en casi su totalidad.

Todo ello era cierto pero no bastaba. Otra razón tan poderosa es que el adversario de Trump, la señora Clinton, despertaba unas antipatías entre buena parte del electorado que la opinión pública europea no podía intuir en su rabia ante el ascenso de Trump. Que siendo Trump un machista grosero, un ególatra, fuese votado por el 53% de las mujeres blancas, más cultas que las hispanas o las de color, explica que muchos estadounidenses la veían como una cínica total; simplemente no confiaban en ella.

En Brasil pasan la misma película. Bolsonaro es basto, toscamente militarista, autoritario en exceso, inquietante en suma. Su mensaje es populista y tiene más de quince millones de seguidores en las redes sociales. También es antisistema. ¿Pero quién tenía enfrente? Un socialdemócrata que parece preparado, incluso realista, pero que produce, aquí viene de nuevo la ceguera europea, un rechazo mayor que el derechista favorito. A Bolsonaro declaraban no quererlo el 44% de los electores; a Haddad, su contrincante de izquierdas, un 53%. Los números son elocuentes para quien quiera leerlos.

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El partido de Haddad, el PT de Lula, es una agrupación, en un país, octava economía del mundo, totalmente polarizado, que hoy por hoy despierta más tirrias que simpatías. La corrupción ha irritado a muchos brasileños, Lula está en prisión con una condena de casi doce años y su sucesora en la presidencia y persona de confianza, Dilma Rousseff, también tiene interrogantes con la Justicia. En las elecciones de hace días se presentaba a senadora; no solo perdió, sino que quedó cuarta. Humillante y revelador del talante del país. El hijo de Bolsonaro, por el contrario, militando en las filas del padre, fue el diputado más votado del país. Otros dos vástagos fueron asimismo elegidos y el temido ultra sacó enorme ventaja a Haddad en la primera vuelta. Lula fue piropeado por Obama, «éste es mi hombre», tenía carisma, era «el padre de los pobres», pero muchos pobres quieren ahora olvidarse de él. En el feudo de Lula, hace semanas, Bolsonaro fue claro vencedor.

Los programas de los contrincantes eran lógicamente divergentes. El socialista no quiere privatizaciones y aboga por mayor rigidez en la concesión de licencia de armas, etc. Bolsonaro quiere privatizar y no ser rígido con esas licencias, una mayor protección jurídica de las Policía cuando actúa en persecución de un delincuente y mayor supervisión de lo que se enseña en las escuelas. El país es espeluznantemente violento, un homicidio cada diez minutos, y los candidatos tenían posiciones muy enfrentadas sobre el tema.

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En algunos aspectos, el programa de Bolsonaro asusta, una declaración sobre el medio ambiente, por ejemplo, alarmó justificadamente. Tuvo que rebobinar. Intelectuales y artistas, Chico Buarque, Caetano Veloso... hablan de la hecatombe que significaría Bolsonaro. Los inversores no escuchan, la Bolsa subía con las encuestas que le eran favorables, y algo más de la mitad de la población parece que tampoco. Que una persona de las características alarmantes de Trump o del ultra brasileño puedan llegar a la presidencia da idea del cabreo del votante y de que sus opositores no son los adecuados para disipar ese berrinche.