Bruselas

La soledad de May en Bruselas

Los líderes europeos discuten el Brexit en una reunión a la que no fue invitada la «premier» británica. Tratan de alcanzar una posición común de cara a las negociaciones de 2017

La «premier» británica, Theresa May, confirmó al llegar ayer a Bruselas que a finales de marzo activará el artículo 50
La «premier» británica, Theresa May, confirmó al llegar ayer a Bruselas que a finales de marzo activará el artículo 50larazon

Los líderes europeos discuten el Brexit en una reunión a la que no fue invitada la «premier» británica. Tratan de alcanzar una posición común de cara a las negociaciones de 2017

La UE se enfrentó ayer a una cumbre caracterizada por la incertidumbre y la necesidad de no dar pasos en falso. La falta de audacia parece el antídoto perfecto para no crear nuevas fisuras que ocasionen más jirones en el maltrecho proyecto europeo. Ante una melodía de fin de año que suena a réquiem, la única certeza parece la necesidad de preparar el divorcio con Reino Unido. Ayer, los socios europeos se reunieron en un encuentro informal sin la «premier» Theresa May como modo de consensuar la estrategia europea a tres meses vista de la activación del artículo 50 por parte de Londres. A su entrada al encuentro previo a la cena, May intentaba calmar los ánimos: «Vamos a dejar la UE y queremos que este proceso sea tan ordenado y tranquilo como sea posible».

Buenos propósitos aparte, el «tour de force» no sólo anida entre Reino Unido y el bloque comunitario. Ante un proceso sin precedentes, las instituciones europeas y los Estados miembros deben consensuar el reparto de poderes para que la falta de coordinación no lastre un proceso que se antoja a cara de perro. La locuaz primera ministra lituana, Dalia Grybauskait, no pudo definirlo mejor: «Entiendo lo difícil que será negociar para May porque tendrá que hacerlo contra 27». Fuentes diplomáticas reconocen que no se puede perder el tiempo y es necesario estar preparado. El negociador jefe, Michel Barnier, ha fijado en 18 meses el proceso de ruptura, con una duración máxima de dos años, con la salvaguarda de una extensión de doce meses. Bruselas parece haber cogido la batuta para marcar tiempos y contenidos.

El primer paso llegará antes de finales de marzo. Una vez notificada la activación del artículo 50, los estados deberán acordar una serie de directrices en las que quede negro sobre blanco el papel de cada institución. Los primeros pasos no están siendo fáciles. La voz cantante corresponderá a Barnier que, sin embargo, deberá establecer reuniones periódicas con el negociador nombrado por el Consejo, Dier Seeuws, y permanecer en estrecho contacto con los embajadores europeos. Se pretende que las capitales europeas estén informadas de manera permanente.

Pero como casi siempre en Bruselas, el frágil equilibrio de poderes hará necesario escuchar más voces. El Parlamento Europeo ha nombrado como negociador al líder de los liberales, Guy Verhoftstadt, que no fue invitado a la reunión. Una vez negociado el proceso de salida y el estatus que Reino Unido pretende alcanzar con sus antiguos socios, este documento de divorcio deberá contar tanto con el visto bueno de las capitales europeas como con el aval del Parlamento Europeo.

Fuentes de la Eurocámara defienden el papel protagonista de la institución. «Los propios británicos son los más interesados en que el Parlamento esté presente», aseguran mientras recuerdan que la luz verde de la Eurocámara llegará previsiblemente en la antesala de las elecciones europeas y que cualquier desaire a la institución que representa a 500 millones de europeos podría complicar las cosas. Una vez firmado el divorcio, la nueva relación entre Londres y el bloque comunitario deberá entrañar sucesivas negociaciones. El embajador británico ha reconocido que el proceso podría dilatarse hasta diez años, una cifra que May no quiso confirmar ayer, aunque fuentes comunitarias no descartan incluso quince años. Plazos aparte, los principios parecen claros. Los 27 reiteraron ayer que no habrá negociaciones previas a la notificación de ruptura ni acuerdo a la carta en los que se permita el acceso al mercado único sin la libertad de trabajadores.

División en la UE por las ayudas a Grecia

La decisión de Alexis Tsipras de destinar 617 millones de euros del superávit presupuestario de 2016 a una paga para los 1,6 millones de pensionistas que cobran menos de 850 euros al mes se coló ayer en la cumbre de Bruselas. Tanto el presidente François Hollande como la Comisión lo apoyaron y criticaron que el Mecanismo Europeo de Estabilidad congelara el miércoles unas medidas para aliviar la deuda griega hasta que se compruebe si se ajusta al memorándum.