Palmira, un patrimonio cultural devastado

El nivel de destrucción exterior de Palmira era el esperado por los expertos; el estupor surgió ayer al revisar los interiores del museo
El nivel de destrucción exterior de Palmira era el esperado por los expertos; el estupor surgió ayer al revisar los interiores del museo

«El paisaje general está en buen estado. Palmira volverá a ser como antes», declaró ayer el director de Antigüedades sirias, Mamoun Abdelkarim, mientras que los zapadores del Ejército de Bachar Al Asad examinaban minuciosamente las columnas y su entorno en busca de minas y trampas explosivas que el Estado Islámico (IE) hubiera podido enterrar antes de su retirada de «la perla del desierto». «Estábamos tan asustados ante la idea de llegar a la ciudad y ver que todo estaba destruido que cuando entramos sentimos un gran alivio», declaró uno de los militares sobre el estado del centro arqueológico.

Un alivio general, acompañado de cierto optimismo: el Gobierno sirio, seguido por las declaraciones de apoyo procedentes de medio mundo, hablan de restaurar Palmira hasta dejarla tal cómo se hallaba antes de que el pasado año la ocuparan los terroristas. Será muy difícil. Nadie podrá lavar la sangre de los infelices decapitados entre sus monumentos milenarios. Pero, incluso, en lo puramente material, la reconstrucción será compleja, costosa y, a veces, imposible y eso contando con que se haga bien, como ya advierten especialistas de la Unesco.

Una autoridad mundial en Palmira es el francés Maurice Sartre, autor, entre gran número de obras, de una magnífica historia-guía del conjunto arqueológico: «Palmyre, la cité des caravanes» (Gallimard, Paris, 2008). Según Sartre «lo primero que hay que hacer es un inventario de daños (...), que son de dos tipos: el primero y más visible es la destrucción de los templos de Bel y de Ba’al Shamin o del Arco del Triunfo. Pero también hay otro, mucho menos evidente a primera vista, que tiene que ver con el expolio de las tumbas subterráneas y con todos aquellos elementos que han sido saqueados». Lo más llamativo es la destrucción de los dos templos: el del Dios Bel (o Ba’al), identificado como Zeus, que databa del siglo I d.C. y era la construcción más relevante del conjunto grecoromano, y el del Dios Ba Al-Shamin, dios de los elementos meteorológicos, la lluvia, el viento y la tempestad, del siglo II. Su reconstrucción será problemática: muchas de sus piedras han sido fragmentadas y dispersadas por los explosivos. En torno a esos dos templos se erguían un centenar de columnas, de las cuales se han desplomado la tercera parte. Más fácil parece la reconstrucción del gran Arco Triunfal, erigido en la época de Septimio Severo (193/211, DC), pero nunca será lo mismo porque habrá que sustituir muchos tambores, ábacos y capiteles despedazados por los yihadistas.

Al margen del epicentro del conjunto grecoromano existen dos zonas especialmente dañadas. El museo, cuyas piezas, por contener representaciones antropomorfas, concitaron la furia de estos iconoclastas fundamentalistas, pero, también, su codicia: destruyeron las grandes piezas o conjuntos, difíciles de transportar, pero se llevaron las pequeñas que, seguramente, ya estarán luciendo en grandes colecciones privadas vendidas en el mercado negro. Y las tumbas, a las que se refería Sartre: han sido secularmente violadas y saqueadas, pero estos salvajes, aparte de su fanatismo, son gente tan ignorante como interesada y han debido revolverlo todo en busca de tesoros escondidos. Se asegura que Al Asaad, un octogenario que había sido durante cuatro décadas director de Palmira fue decapitado porque se negó a declarar dónde se hallaban los «tesoros» que los responsables habían escondido para preservarlos del pillaje. Prefirió morir a comunicarles el escondrijo, si es que lo sabía, pero los desalmados del Estado Islámico dinamitaron tres de las torres tumba situadas al oeste del conjunto.

Por tanto, respiremos aliviados porque mucho de lo que había continúa allí y mucho podrá restaurarse, pero jamás volverá a ser como era. Con todo, se pueden mirar con los ojos de Irina Bokova, directora general de la Unesco: «A pesar de su ensañamiento, los extremistas no podrán borrar jamás la Historia ni acallar la memoria de este lugar...».

*Periodista e historiador