¿Son las cárceles belgas un foco de yihadismo?

Los individuos radicalizados son enviados a una de las cinco “prisiones satélite” que existen en el país. En la imagen, prisión de Saint-Gilles (Bruselas)

Un nuevo ataque de corte yihadista ha vuelto a golpear a la pequeña Bélgica. Benjamin Herman, un nacional de 31 años con un amplio historial policial por robo y tráfico de drogas, que habría sido radicalizado en prisión, es el autor del último atentado a sangre fría perpetrado contra las Fuerzas de Seguridad en la ciudad de Lieja. Dos mujeres policía y un varón de 22 años fueron las víctimas mortales de este último acto terrorista que vuelve a poner contra las cuerdas al sistema penitenciario belga, en caso de que se confirme la hipótesis que señala a las cárceles como el foco de radicalización.

Según fuentes judiciales de la RTBF, la radicalización de Herman se produjo en 2017, en la cárcel de Lantin. La revista “Paris Match” asegura que en su celda tenía un ejemplar del corán y una alfombra de oración. De hecho, circula por la red un vídeo en el que se le escucha gritar "Alá es grande"mientras camina. Sin embargo, hasta el momento ningún grupo yihadista ha reivindicado el ataque aunque la Fiscalía Federal ha asumido la investigación.

Desde los atentados de París, Bélgica tiene la mala fama de ser un bastión de terroristas. El país intenta evitar lo peor, combatiendo la radicalización de los jóvenes, un fenómeno que, en ocasiones, crece en sus propias cárceles. Sin embargo, las motivaciones de algunos de estos nuevos terroristas no son religiosas, sino el rechazo hacia la sociedad en forma de violencia que se apoya en el islam radical. Como en otras muchas naciones, en el país se mantiene vivo un debate sobre el sistema penitenciario que se debe aplicar a los detenidos radicalizados -o susceptibles de ello- para evitar que las cárceles se conviertan en escuelas de la yihad. El editorial publicado por el diario “La Libre Belgique” que titula “Las prisiones belgas ya no pueden ser nidos para yihadistas” es un termómetro de la preocupación que existe en el corazón de Europa.

Este fenómeno ha sido estudiado en profundidad por el experto del Instituto Egmont de Bélgica Rik Coolsaet, en colaboración con Thomas Renard, en un documento que lleva por título “Retornados: quiénes son, por qué está o no volviendo y cómo podemos responder a este fenómeno”, que dedica un capítulo a la situación de las cárceles belgas.

Este informe señala que en la actualidad existen 100 combatientes terroristas extranjeros (también conocidos como “foreign terrorist fighters” (FTF por sus siglas en inglés) en centros penitenciarios belgas y asegura que “los retornados cumplen su condena bajo un régimen ordinario en una de las 32 prisiones del país aunque con medidas individuales de seguridad”. Tales medidas pueden incluir registros más exhaustivos de la celda del detenido, limitación en sus actividades, visitas y comunicaciones, así como medidas de contención, que en ocasiones, tienen el efecto contrario, según esta investigación.

En concreto, los individuos radicalizados son enviados a una de las cinco “prisiones satélite” que existen en el país y que cuentan con sistemas de observación y capacitación cualificada del personal. Son las cárceles de Andenne, Lantin, Saint-Gilles, Brujas y Gante. Precisamente, el autor del ataque de ayer estaba internado en la cárcel de Lantin, cercana a Lieja.

Además, en Bélgica hay otros dos penales -Hasselt e Ittre- para los internos más radicales. Y por último, el centro de máxima seguridad subterráneo de Brujas, donde está o estuvieron encarcelados Salah Abdeslam, único yihadista vivo de los terribles atentados de Paris; Mohamed Abrini, el hombre del sombrero que atentó en el aeropuerto de Bruselas en marzo de 2015; y Mehdi Nemmouche, responsable del ataque en mayo de 2014 contra el Museo Judío de Bruselas.

Tras el ataque de este martes, Bélgica se vuelve a enfrentar a sus fantasmas del pasado: un sistema penitenciario que se ha convertido en un caldo de cultivo para los extremistas musulmanes violentos. Muchos de los implicados en los atentados de París y Bruselas pasaron cortos periodos tras las rejas por delitos comunes. Ahí, estos jóvenes “descarriados” conocieron y convivieron con extremistas que les prometieron un nuevo sentido a sus vidas, con un propósito letal: la yihad.

En una presión belga es donde Abdelhamid Abaaoud, el ciudadano belga de origen marroquí al que las autoridades consideran el cerebro detrás de los ataques de París y que fue abatido en una redada en Saint Dennis, se reunió con Salah Abdeslam. El hermano de Salah, Brahim, que se inmoló en París, también pasó un tiempo tras las rejas.

Dos de los atacantes suicidas en Bruselas, los hermanos Ibrahim y Khalid al Bakraoui, habían estado en las cárceles belgas por delitos violentos. El país cuenta con unos 11.000 prisioneros, de los cuales alrededor del 20% son musulmanes, a pesar de que representan sólo alrededor de 6% de la población, según datos de Prision Insider.

Todavía se desconoce si el ataque de ayer está vinculado con grupos yihadistas, o Benjamin Heman actuó en solitario, pero “es razonable y desafortunadamente realista suponer que durante un tiempo los ataques en nombre de Estado Islámico continuarán siendo perpetrados por distintos tipo de personas: retornados que buscan venganza, actores solitarios, pequeñas células que buscan 15 minutos de fama, delincuentes que necesitan una justificación e incluso personas mentalmente inestables que envuelven sus problemas psicológicos en la narrativa del EI”, reconoce a LA RAZÓN Rik Coolsaet, experto del Instituto Egmont de Bélgica.

Lejos de estar neutralizada, la amenaza yihadista continúa siendo un gran temor para la seguridad europea. Mientras el Califato pierde terreno en Siria e Irak, los ciberyihadistas o las células durmientes siguen poniendo en jaque al continente. “La variada naturaleza de los ataques, así como el mínimo tiempo de preparación y estilo Daesh -apuñalamientos o atropellos- hace que sean difíciles de prevenir”, concluye el experto.