Internacional

Trump destapa la muerte de Kennedy

El presidente de EE UU ordena liberar 3.600 documentos secretos sobre el magnicidio de JFK en 1963 en contra del criterio de las agencias de inteligencia. Los informes recogen las investigaciones del FBI y de la CIA de la época

El presidente de EE UU ordena liberar 3.600 documentos secretos sobre el magnicidio de JFK en 1963 en contra del criterio de las agencias de inteligencia. Los informes recogen las investigaciones del FBI y de la CIA de la época.

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Un tuit recorre el espinazo de Estados Unidos y amenaza con entretenernos durante semanas. Lo firma el presidente, Donald Trump, y afirma que «Sujeto a la recepción de más información, permitiré, como presidente, que se abran los archivos de JFK, bloqueados y clasificados por mucho tiempo». En plena orgía de la posverdad, asolados por las muecas, caretas y bailes del populismo, solo faltaba esto. Más madera, en forma de papeles e insinuaciones, sobre el asesinato que el 22 de noviembre de 1963 estremeció el mundo entero.

Hablamos de cientos de miles de documentos secretos que, según la Kennedy Assassination Records Collection Act, aprobada en 1992 tienen que hacerse públicos antes del 26 de octubre de este año. Michael D. Shear, de «The New York Times», recuerda que el presidente tiene la potestad de vetar la desclasificación de parte o la totalidad de los papeles, al tiempo que afirma que las agencias de inteligencia le estarían presionado para se abstenga de hacer pública la fracción más sensible. Según Shear, «a las agencias les preocupa que la información contenida en algunos de esos documentos pueda dañar los intereses de la seguridad nacional». En realidad ya se han desclasificado muchos de los legendarios documentos, aunque no siempre en su totalidad. Según Ian Shapira, de» The Washington Post», «Aunque los expertos en el asesinato de Kennedy no creen que el último lote contenga bombas, la decisión del presidente de divulgar los documentos podría emborronar la claridad en torno al asesinato».

El escritor y periodista Philip Shenon y el historiador Larry J. Sabato, expertos tanto en el magnicidio como en la biografía del presidente Kennedy, le han explicado a Shear que los citados papeles alimentarían «una nueva generación de teorías de la conspiración». Los dos aluden en el «Times» a los días que, poco antes de cometer el crimen, pasó Oswald en México D.F., «donde se reunió con espías cubanos y soviéticos y fue sometido a una intensa vigilancia por la estación local de la CIA. Documentos ya publicados del FBI explican que Oswald habló abiertamente en México sobre su intención de matar a Kennedy».

Siguiendo el razonamiento de Shenon y Sabato, no se trataría tanto de descubrir ahora que Oswald creía en los ideales de la Orquesta Roja, como de la posibilidad de que con nuevas pistas en sus manos, los amigos de la confusión encuentren una panoplia de motivos para elucubrar nuevos delirios. A fin de cuentas, la industria del dislate vive de eso, de rechazar las implicaciones de la Navaja de Ockham. O sea, de aferrarse a la hojarasca para negar como sea que la explicación más sencilla es la correcta.

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En un completísimo artículo publicado hace apenas una semana por la revista «Politico», y en el que ya avanzaba casi todo lo que hemos ido descubriendo estos días, Shenon apostaba por la posibilidad de que el presidente Trump acabe haciendo caso a la CIA y vete la publicación de los papeles más comprometedores. Especialmente aquellos que podrían revelar la identidad de informantes y agentes de la Agencia que todavía estén vivos, así como «documentos de la década de los noventa que podrían exponer operaciones de inteligencia relativamente recientes». «Algunos de esos documentos», añadía Shenon, «podrían ser parcialmente liberados, con parte de la información tachada».

Norman Mailer estaba persuadido de que Lee Harvey Oswald actuó sólo, por más que hiciera del complejo militar armamentístico fuente de una escritura tan bella como alucinada. La comisión Warren certificó que el pirado de Oswald, viajes a México incluidos, liquidó al presidente como otros locos ven a Napoleón en el espejo. En cambio, todos los conspiracionistas que en el mundo hubo y habrá, del genial James Ellroy al mediocre Oliver Stone, consideran que en el magnicidio participaron todos. Son los especialistas en encontrar fantasmas, convencidos de que si no desconfían del poder democrático demostrarían una credulidad digna de ceporros. Para los adictos a los rincones oscuros de la historia, las tramas invisibles y la mano que mece la cuna, sean cuales sean tanto la mano como la cuna, al desporre de Dallas asistieron desde KKK a los comunistas y de Castro a la mafia que dirigía Sam Giancana desde una piscina en Florida con tiburones tigre.

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No descarten que el propio Trump sea uno de los principales interesados en denunciar aberrantes confabulaciones y siniestras intrigas. Como bien recuerda Shear en el «Times», el actual presidente ha abrazado con inquietante frecuencia las conjeturas más inverosímiles. Comenzando por «la posibilidad de que el juez Antonin Scalia [magistrado del Tribunal Supremo] hubiera sido asesinado». Qué decir de la vez en la que insinuó que el padre del senador Ted Cruz podría haber estado involucrado en el crimen: ya sabes, su padre estuvo con Lee Harvey Oswald antes de que Oswald fuera asesinado (...) ¿Por qué nadie lo menciona?». Sin olvidar, como explica Shear, la obsesión por demostrar que el presidente Obama habría nacido fuera de EE UU.