Europa

Una alianza «hombro con hombro»

Michelle Obama,  Francois Hollande y Barack Obama
Michelle Obama, Francois Hollande y Barack Obama

Fue el presidente François Hollande el que apoyó a Barack Obama cuando se sopesó un ataque militar a Siria. El líder francés –y la comunidad internacional en su conjunto– se quedó con el pie cambiado después de que Washington renunciara a su castigo a Bachar al Asad.

Fue el presidente François Hollande el que apoyó a Barack Obama cuando se sopesó un ataque militar a Siria. El líder francés –y la comunidad internacional en su conjunto– se quedó con el pie cambiado después de que Washington renunciara a su castigo a Bachar al Asad. Para tartar de contrarrestar ese giro inesperado, el presidente norteamericano respondió a la lealtad francesa con la invitación el pasado mes de noviembre de una visita de Estado. La primera de un presidente francés desde 1996. Con este viaje oficial, EE UU agradecía su apoyo en la guerra civil de siria y trataba de limar asperezas por el escándalo del espionaje de la NSA en Europa. La exhibición con pompa incluida de la «estrecha» relación entre EE UU y Francia en pro del tradicional vínculo con el Reino Unido fue la primera pregunta de la rueda de prensa: ¿Podrá ser ahora Hollande el favorito de Obama por delante de Cameron? No tan deprisa. Obama, con más tablas en su segundo mandato, contestó que los aliados europeos somos como sus hijas Sasha y Malia: a todos nos quiere por igual. Aun así, el presidente norteamericano ordenó preparar ayer para Hollande una gran cena de Estado, la primera en más de dos años después de la que se organizó en honor al entonces presidente de Corea del Sur, Lee Myung Bak, en octubre de 2011. Obama se «estrenó» con el «premier» de India Manmohan Singh en noviembre de 2009. Después, homenajeó al presidente de México, Felipe Calderón, en 2010; a su homólogo chino, Hu Jintao, en enero de 2011; y a la canciller Angela Merkel en junio de 2011. Todas las cenas costaron a los contribuyentes algo más de medio millón dólares.

El distendido encuentro con los periodistas se dedicó en su mayor parte a Irán y Siria. «Hay mucha frustración con ello», indicó Obama, en referencia a las desalentadoras conversaciones de paz de Ginebra. De esta forma, Obama indicó que París y Washington han rehecho su relación, lo cual «habría sido inimaginable incluso hace una década» tras la invasión de George W. Bush de Irak, a la que se opuso Francia. Su voto en contra en el Consejo de Seguridad de la ONU puso de manifiesto las divisiones de la comunidad internacional en el conflicto. Incluso, llevó a que se cambiase el menú en el Congreso en Washington. Hasta entonces estaban las «patatas fritas», que en inglés se llaman «french fries» (fritas francesas sería la traducción literal). Tras el enfrentamiento con Francia, se modificaron a «freedom fries» (fritas de la libertad). Menos simbólico, pero más preocupante fue el boicot a los productos franceses. En algunos lugares de EE UU, se tiraron al mar litros del preciado vino galo, tercero en ventas en el país por detrás del californiano y el italiano, muy establecido debido a la importancia de la comunidad italo-estadounidense.

No obstante, las buenas relaciones entre Estados Unidos y Francia han tropezado con las revelaciones de las prácticas del sistema de espionaje de la NSA. Obama hizo hincapié ayer en el acuerdo de «no espiar» a los países aliados. Aunque, eso sí, reconoció que Estados Unidos intenta equilibrar la protección de los derechos a la privacidad con la necesidad de recabar información de inteligencia extranjera. El mandatario galo dejó claro que no ha venido para discutir con él y le echó una mano al explicar que «había aclarado las cosas [sobre las revelaciones de espionaje] y se había recuperado la confianza mutua, basada en el respeto. También en la protección de la vida privada, de información personal, a pesar del progreso tecnológico, pueda estar seguro de que no se le espía. Estos son los principios que nos unen», apuntó Hollande. En plena sintonía, Obama aprovechó para asegurar que ha aceptado la invitación de Hollande para viajar a Francia el 6 de junio, con motivo de la ceremonia del 70º aniversario del desembarco de Normandía.

En el terreno doméstico, la controversia con la puesta en marcha del la reforma sanitaria, la «Obamacare», persiguió al líder demócrata hasta la rueda de prensa conjunta. El presidente de EE UU intentó restar importancia a la circunstancia de que le ha otorgado más tiempo a las medianas empresas para que paguen el seguro médico a sus empleados. Esta decisión es una maniobra política contra los republicanos de cara a las elecciones de mitad de legislatura de noviembre. Los conservadores han centrado sus campañas en cargar contra la reforma y criticar los problemas que ha causado a los pequeños y medianos empresarios.

En cuanto a la vida privada de Hollande, los periodistas de ambos lados del Atlántico se mostraron muy interesados en los asuntos del corazón. Aunque no le preguntaron por su ruptura con la «primera dama francesa en funciones», Valérie Trierweiler, sí se ha dado cuenta de que el equipo de protocolo ha tenido que destruir 300 invitaciones a esta cena al haberlas preparado antes de que Hollande decidiese venir a Washington en calidad de hombre soltero. Estuvo previsto que los Obama recibiesen a los invitados en el Sala Azul de la Casa Blanca para luego trasladarse a cenar a una carpa dispuesta en el jardín debido al gran número de invitados. La cantante neoyorquina Mary J. Blige amenizó la velada a las casi 400 personas que asistieron ayer a esta cena, entre la que destacó la directora del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde, y el actor Bradley Cooper. Todos estuvieron también pendientes de que nadie se colase, como ya ocurrió con la cena de Estado al primer ministro indio, cuando una pareja que consiguió burlar a los agentes del Servicio Secreto.