Vladimir Putin, un nostálgico de la Gran Rusia

Leal espía del KGB desde su juventud, Vladimir Putin ha consagrado su vida política a restaurar el orden perdido tras la caótica desintegración de la URSS en 1991.

Leal espía del KGB desde su juventud, Vladimir Putin ha consagrado su vida política a restaurar el orden perdido tras la caótica desintegración de la URSS en 1991.

Vladimir Vladimirovich Putin fue el vástago de una familia anciana y el único hijo superviviente. Sus dos hermanos murieron antes de que él naciera. Desde niño, el joven Vladimir estuvo siempre bien protegido, pero muy pronto tuvo que hacer frente a la realidad y hacerse mayor en los grises suburbios de Leningrado (actual San Petersburgo).

Fue en las calles donde «Volodya» –diminutivo de Vladimir– aprendió las primeras lecciones más duras de la vida. Un chico endeble y físicamente pequeño que tuvo que adaptarse a un ambiente primitivo donde se sobrevive por astucia y musculo. Él fue víctima de los abusos mucho antes de aprender a cómo sobrevivir y contraatacar. No quería continuar con la decadencia de las calles. Su aversión al tabaco y al alcohol procede de esta época juvenil. Es más, estos vicios son mencionados en sus discursos habitualmente como síntomas de pobreza.

Lo que salvó a Vladimir fue el judo militar soviético, el sambo, que le salvó de ser un criminal. Fue la disciplina del tatami y el sambo lo que le permitió hacerse a sí mismo. Cabe recordar que muchos de sus funcionarios clave y confidentes provienen de esta época. Poco después se convirtió en pionero y entró en Komsomol, la organización juvenil del Partido Comunista de la Unión Soviética. Fue su último tren y se subió.

El culto al espionaje que prevalecía en la URSS en esa época también le marcó. Las novelas de espías y especialmente la novela de Vadim Kozhenikov («Armaduras y espadas») fueron capaces de cautivar al joven Vladimir. El héroe de la novela se infiltró en las SS hitlerianas y fue capaz de salvar al Ejército soviético con los datos que había recabado.

Después de leer estos libros, Putin entendió su misión. Fue su sueño de joven el que decidió su futuro. Quería convertirse en un héroe espía capaz de salvar a su país. Él intentó alistarse a los 16 años en la KGB, pero fue rechazado por su temprana edad. Sin embargo, mantuvo su deseo en mente. Empezó a estudiar en la Facultad de Derecho y fue capaz de finalizar sus estudios después de cuatro años. Con 20 años y un diploma en leyes, era mucho más apto para servir a las grandes instituciones que eran los escudos y las espadas de la revolución.

Finalmente, en 1974 fue aceptado en la KGB: primero para el secretariado, pero luego para la academia regional en Leningrado. Tras dos años, fue ascendido a teniente mayor y trabajó en el departamento de contraespionaje. En 1979 se convirtió en capitán y fue enviado a estudiar a la academia del KGB en Moscú. Posteriormente, Putin trabajó como oficial de inteligencia en la agonizante República Democrática Alemana (RDA). Sin embargo, su papel no fue muy significativo, ya que se encargaba de recolectar información trivial.

El cuarto factor clave en la vida de Putin fue la intervención contra la movilización democrática de Dresde a finales de 1989 que puso contra las cuerdas al régimen comunista. Fue un momento de vida o muerte. Putin se enfrentó a una muchedumbre convencida de que estaba incendiando las instalaciones de la Stasi y dispuesta a penetrar en su oficina. Un 5 de diciembre, los manifestantes estaban listos para irrumpir en la KGB y Putin supo que podría ser linchado. Él entendió que la masa no tenia ningún propósito más que destruir el sistema. La reacción del agente soviético sobre el fin de Gadafi se basa en esta experiencia. Las oficinas de Moscú no respondieron a sus llamadas de ayuda y el fracaso fue total. Putin sintió que habían sido abandonados. La Unión Soviética se enfrentaba al desorden multidisfuncional y al colapso. El mundo que Putin había defendido estaba muerto. La era de la democracia destruyó toda las cosas que Putin había apreciado y valorado. Muchos agentes dejaron la agencia y estaban desmoralizados. El relativamente joven Putin se resistía a perder. El colapso de la URSS representó el fin de la seguridad y el inicio del caos. El propósito de su vida había terminado y ese desorden en las calles, del que él había escapado cuando era joven, quería hundir su universo. Esta calamidad aumentó por el hecho de que el KGB (actual FSB) no le podían proveer un nuevo trabajo. Putin forma parte de la estirpe de esa sociedad soviética que aún cree en los valores ideales del sistema. Para él, esto también representa a la Gran Rusia, un verdadero imperio con metas globales. Putin crece como un estadista dispuesto a restaurar el imperio soviético con otro nombre. Su carrera meteórica se debió a la fidelidad que había mostrado a Anatoli Sobchak, entonces alcalde de Leningrado, y padre de la candidata Ksenia Sobchak. La lealtad en esa época era una buena cualidad. La gente de Moscú fue posteriormente atraída por el hombre que demostró ser leal y que podía ser usado como instrumento en la lucha de poder entre la familia Yeltsin, el FSB, el Ejército ruso y los ricos oligarcas. En Rusia, un hombre de confianza siempre ha sido un valor y él juega en una liga formada por los suyos. Ésa es la clave de su éxito.

Profesor experto en la historia de Rusia y la URSS en la Universidad de Helsinki