Y el mundo cambió cuando el campo se llenó de polacos, lituanos y portugueses

Una pareja celebra su boda ayer en el centro de la localidad de Boston
Una pareja celebra su boda ayer en el centro de la localidad de Boston

Es el lugar de todo Reino Unido donde más se ha apoyado la salida de la UE. En la circunscripción de Boston, que pertenece al condado de Lincolnshire, el 75,6% de sus habitantes ha votado a favor del Brexit. Sin embargo, no ha sido una gran sorpresa: los vecinos de Boston, en la costa este de Inglaterra, llevan años culpando a Bruselas de sus problemas. Desde el tren de Grantham a Boston decenas de granjas se vislumbran a un lado y otro de las vías. Los distintos tonos de verde delimitan los enormes campos cosechados. Unas cosechas que ya no son recogidas por ingleses, sino por europeos, específicamente del Este. «Digamos que ha recibido demasiada población migrante muy rápidamente. A Boston no le ha dado tiempo a asumir la enorme cantidad de personas –la mayoría del Este– que ahora residen y trabajan aquí», explica a LA RAZÓN Martin Hill, presidente del consejo del condado de Lincolnshire.

Al principio llegaron muchos portugueses atraídos por el trabajo temporal y la agricultura, pero el político «tory» reconoce que desde las nuevas adhesiones a la UE, la llegada de sus habitantes ha sido masiva para una región tan pequeña. «No es racismo, todo el mundo piensa que son gente muy trabajadora y seria, pero sí que existe una cierta animadversión, pues han causado algunas consecuencias negativas para los vecinos de Boston. De ahí el voto mayoritario al Brexit». En las calles de Boston, de alrededor de 66.400 habitantes, describen las consecuencias que menciona Hill. Por un lado, ha bajado el salario mínimo. «Si en el resto de Reino Unido se paga 13,3 libras la hora, en Boston ya está a 9,1 libras y bajando», indica Margaret. «Primero fueron los portugueses los que trabajaron por menos que los británicos, después llegaron los polacos y se ofrecieron por una cantidad menor, ahora los lituanos...». «Yo voté para dejar la UE, claro que sí. Tiene que haber control», responde Margaret, que tiene un puesto de mercería en el mercado de los miércoles y los sábados. A ella tampoco le gusta ir al ambulatorio y verlo sobrecargado. «Antes te daban cita para los dos días siguientes, ahora son meses de espera. Estamos saturados y el Gobierno no nos ayuda ni nos provee de más personal».

«Somos una isla pequeña y estamos masificados. Damos la bienvenida a los extranjeros y la mano de obra, pero al no poder poner restricciones, porque la UE nos lo impide, esto se ha llenado de migrantes y el sistema ya no aguanta más». Quien habla es Patrick Naughton, concejal por Chapel Saint Leonards, que se encuentra en Boston acompañando a su mujer de compras. «Son gente joven que viene con sus hijos pequeños aquí. Se les escolariza y al tener un nivel de inglés tan bajo, la profesora ralentiza el temario para fortalecer el idioma. Los nuestros aprenden menos. En secundaria, se ponen profesores de refuerzo, lo que también conlleva a un mayor gasto público», acusa Naughton.

Otro de los resentimientos de esta zona con Bruselas es que los pescadores tuvieron que dejar de faenar porque sus aguas están controladas por la UE. «Ahora en nuestro mar pescan franceses y belgas. Y lo venden ellos en sus respectivos países», mantiene este político.

El último drama del que se quejan en Boston es de los precios de las viviendas. Como muchos europeos, tienen trabajos temporales y sólo pasan una temporada en Boston, mientras ahorran comparten casa, habitación y hasta cama. Son muchos los vecinos que cuentan que hay viviendas multiocupadas en las que «tres polacos pagan por una cama ocho horas al día cada uno».

Tras mucho preguntar, por fin Tim dice algo positivo de la UE. «Se ha cometido un gravísimo error. Vamos a sufrir esta decisión». Tim, irlandés, llegó aquí hace 16 años, tras haber vivido en Luton. Es uno de los rara avis de los 7.430 votantes del «Bremain» (24,4%). Ahora jubilado y viviendo en una urbanización en las afueras, confiesa que «todos mis vecinos han votado por el Brexit. Alucino. Sólo conozco a una persona, un granjero, que estuviera a favor de la permanencia». A los europeos que ya están aquí no les preocupa el resultado del Brexit. Hasta algunos como Kaspar, un letón de 37 años, hubieran votado como ellos. «Sus calles se llenan de tiendas extranjeras. Aquí se habla ruso, polaco, lituano... Los entiendo perfectamente». En la fábrica en la que trabaja Thomas, un lituano de 25 años, de los 3.000 trabajadores sólo hay cinco británicos. Él sólo lleva un año, un amigo de él, que es conductor de tractor aquí desde hace cinco, le aconsejó que lo intentara aquí. «Fue fácil encontrar trabajo. Después mi novia se quedó sin empleo en Lituania y también se vino».