...y Putín matiza: «sólo habrá cumbre si hay consenso»

Putin aseguró ayer que no desea el enfrentamiento con nadie, pero permanecen sus soldados en el este

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El presidente ruso tiene la llave para frenar la agresión en Ucrania y evitar un conflicto a gran escala de consecuencias imprevisibles.

El presidente ruso, Vladímir Putin, matizó hoy que la cumbre a cuatro bandas en Minsk (Bielorrusia) entre Rusia, Ucrania, Alemania y Francia se celebrará si hay consenso sobre el arreglo del conflicto ucraniano.

"Hemos acordado que intentaremos organizar la reunión en ese formato entre jefes de Estado y de Gobierno en Minsk en torno al miércoles si para entonces logramos consensuar la serie de puntos que hemos estado discutiendo intensamente", dijo Putin, citado por las agencias locales.

El jefe del Kremlin hizo estas afirmaciones en Sochi (mar Negro) al reunirse con el presidente bielorruso, Alexandr Lukashenko, anfitrión de dicha cumbre.

Y es que Putin tiene que elegir entre la guerra o la paz en el este de Ucrania. Sabe que menos de un 30% de los rusos está a favor de reconocer las repúblicas autoproclamadas, mientras que la mayoría (65%) vaticina que el de Donbás derivará en un conflicto congelado, según datos de una reciente encuesta de VTsIOM.

No les coge por sorpresa lo del conflicto congelado, sería el tercero desde la caída de la Unión Soviética, si sumamos el de Transnistria, escondida de Moldavia en 1990 tras una guerra, y el de Abjasia-Osetia, independizados de Georgia en 2008 también tras una breve guerra.

El plan de paz que se discute estos días, con modificaciones de Berlín y París a una propuesta de Putin, va precisamente en esa dirección, enviar «cascos azules» de Naciones Unidas y dejar el conflicto en suspenso. Sin embargo, y en vista de las declaraciones de las partes ayer en Múnich, no hay excesivo margen para el optimismo tras las negociaciones en Kiev y Moscú de esta semana, ni si quiera para ese plan de mínimos. Así, el conflicto en Ucrania se encuentra en un cruce de caminos.

En las próximas 48 horas podría aún salir adelante ese plan de paz, cuya redacción está en principio previsto que continúe hoy vía telefónica, o bien podría derivar el conflicto en una guerra a todavía mayor escala si, en vista de la imposibilidad de una salida diplomática, el lunes Obama y Merkel (que se verán las caras en Washington) ceden a la idea de suministrar armamento letal a Kiev que vienen desde hace semanas jaleando altos funcionarios de la Administración estadounidense. Uno de los que más se juega es Putin, pues Rusia se enfrentaría a nuevas sanciones en caso de no alcanzarse un acuerdo de paz. «Moscú sólo evitará el aislamiento internacional si encontramos una solución negociada», advirtió Hollande el viernes por la mañana. Cierto es que las sanciones no han hecho hasta ahora recular al Kremlin en su política en Ucrania, pues sigue teniendo la opinión pública de su parte. Esa es difícil que cambie, el ruso medio es de por sí patriota y orgulloso del papel de su país en el mundo, terminación nerviosa que Putin ha sabido explotar desde su llegada al poder en 1999 y que viene reforzando desde el comienzo de la crisis a través del cuasi monopolístico entramado mediático del Kremlin. «Los misiles Topol no temen a las sanciones» rezaban camisetas patrióticas que se repartieron gratuitamente en Moscú al comienzo de la guerra de sanciones... Sin embargo, y pese al apoyo popular garantizado, el contexto económico ha dado un profundo giro, dado que llueve sobre mojado.

Cuando Bruselas impuso la última ronda de sanciones, los precios del petróleo aún no habían tocado fondo y la devaluación del rublo no era tan severa. La amenaza de nuevas sanciones es diferente cuando esperas un crecimiento positivo de la economía del 1%, que cuando estimas una contracción del 4% del PIB, como señala la previsión para el año en curso tras la última revisión del Gobierno. «Las sanciones de Occidente son eficaces relativamente, demuestran que Rusia debe elevar su soberanía económica», reconoce un Putin que, al menos de puertas a fuera, se ha mostrado colaborativo esta semana, evitando declaraciones altisonantes y acusaciones a los interlocutores. De puertas a dentro tensa la cuerda en las negociaciones desde la posición de relativa fuerza que le dan las recientes victorias de las milicias en el frente. Unas victorias que, si bien no han servido para ampliar demasiado el territorio de las repúblicas autoproclamadas (apenas 300 kilómetros cuadrados), sí han causado numerosas bajas en el Ejército ucraniano, bastantes más de las que Kiev admite. La estrategia de Putin pasa por mantener fuera de la conversación a EE UU, al que considera su enemigo natural, punto de vista acentuado ante la perspectiva del suministro de armas letales a Kiev.

Dice Merkel que no imagina «una situación en la que Putin vaya a estar impresionado por el armamento de Ucrania», sea como fuere no es una perspectiva halagüeña para el Kremlin. El inventario incluye misiles anti tanque javelin, drones de reconocimiento y equipos de comunicación, siendo igualmente clave estos dos últimos, pues las derrotas del Ejército ucraniano se deben, no sólo al apoyo militar ruso a las milicias, sino también a errores tácticos del alto mando ucraniano. Un eventual apoyo armamentístico de Washington a Kiev unido a la superioridad numérica del Ejército equilibraría la contienda, aumentando las pérdidas materiales y las bajas en las filas separatistas, que indirectamente son las rusas.