El «alfilerazo» de Obama

Está claro que la memoria de Irak pesa porque nadie quiere enfangarse en una guerra, ni siquiera acabar con el régimen sirio. El ataque es un toque de atención a Irán.

Obama no tiene más remedio que afrontar un conflicto armado contra Bachar al Asad, sea de la intensidad que sea –y por lo que se ve será baja– si no quiere ver peligrar su autoridad. De mantenerse dubitativo o pusilánime, se convertiría en el hazmerreír de todo Oriente Medio y buena parte del resto del mundo. El ruido de sables, o de misiles, en el sopor mediático agosteño, crea la alarmante impresión de que Estados Unidos se enzarza en una nueva guerra a gran escala en Oriente Medio, cuajada de amenazas de contagio, pero por debajo de los grandes titulares queda claro que no es eso lo que ha dicho Obama, aunque propiamente lo que ha dicho no es casi nada. Más importa lo hecho, que perfila las posibilidades de lo que puede venir a continuación: ha enviado a la zona cuatro destructores con unas docenas de misiles de crucero. Con eso se puede hacer un ataque, pero no una guerra, de lo cual, por lo demás, no se ha hablado, en contra de las apariencias. No Obama sino su portavoz dijo que Estados Unidos había realizado los preparativos militares para un ataque si así lo decidía el presidente, el cual, en aquel momento, el martes pasado, tenía «todas las opciones sobre la mesa». En posteriores retazos de declaraciones quedó claro que de lo que a lo sumo se trataría es de infligir un castigo al régimen sirio por la barbarie de gasear a sus propios ciudadanos.

Ya hace un año que Obama anunció que su línea roja en el conflicto consistía en el uso de armas químicas. Desde entonces los rebeldes han denunciado en torno a una veintena de supuestas ocasiones, aunque la de marzo en Alepo, la primera ciudad del país, con unos cien muertos, resultó la más evidente, pero Washington se estrujó las manos, sin decidirse a hacer nada. Luego ha venido la de estos días atrás, en la capital, de una envergadura de varios cientos de víctimas. Todo ello después de que el Gobierno americano se abstuviera de calificar de golpe militar el derrocamiento por parte del Ejército egipcio de su presidente, el islamista Morsi, para no tener que aplicar una ley que prohíbe proporcionar ayuda económica a quien practique tales procedimientos. Las razones estratégicas son poderosas, pero el truco legal es evidente. Luego sí condenó, aunque con la boca pequeña, la brutalidad con la que fueron desalojados de sus acampadas los partidarios del defenestrado primer mandatario egipcio. Los aliados de Estados Unidos en Oriente Medio, manifiestamente hostiles a los Hermanos Musulmanes, se revolvieron contra Washington: saudíes, países del golfo, incluso Israel.

Una nueva espantada ante los compromisos no es ya que debilite el poder americano en la zona, sino que lo deja en ridículo. El secretario de Estado, John Kerry, ha preferido justificar las actuales amenazas punitivas contra Siria especulando con las consecuencias de la pasividad: ¿qué queda de la disuasión del uso de armamento prohibido si ahora no se actúa? Pero de guerra sólo habla la alarmada opinión mundial. La opinión americana no la quiere y Obama, menos. Está donde está gracias a los problemas que Irak le creó a Bush, en una medida apreciable debido a la oposición de los demócratas que inicialmente habían apoyado la guerra, para luego denunciarla con inquina y declarar a su país inexorablemente derrotado. Lo que Obama exhibe como sus grandes éxitos en política exterior es el abandono de Irak a su suerte, cada vez peor, y el próximo de Afganistán, probablemente con resultados todavía más negativos.

Obama estaría ahora dispuesto en todo caso a un ataque similar a los que Clinton llevó a cabo contra Sadam Husein después de que éste expulsara a los inspectores de Naciones Unidas que andaban detrás de sus programas de armamento de destrucción masiva. Bombardeos aéreos contra centros de producción y otros objetivos militares. De esa forma se degradaban sus capacidades y se retrasaba su rearme. Quienes consideraban necesarias medidas más contundentes llamaban a esas acciones «pinpricks», alfilerazos.

Entonces se hacían desde aviones, pero Obama no quiere arriesgar la vida de un solo piloto y prefiere los misiles de crucero, que no son verdaderos misiles. Un misil es un cohete y como tal tiene una trayectoria balística o parabólica. Los llamados misiles de crucero son más bien aviones u objetos volantes sin piloto que llevan en sus ordenadores un mapa del itinerario que les conduce al blanco, recorriendo territorio poco peligroso y en un vuelo lo suficientemente rasante como para ser prácticamente indetectables. Se espera que no sean dirigidos contra depósitos de armas químicas, por los peligros que su voladura podría suponer, sino contra otros objetivos militares que, como con Clinton, «degraden» la operatividad de las fuerzas sirias. Cada día que pase la iniciativa se vuelve más difícil y su necesidad política más desesperada.