Teatro

Estreno

La Zaranda, porca miseria

La Zaranda, porca miseria
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Con «El régimen del pienso», La Zaranda se acercan más que en cualquier otro de sus montajes a lo que podríamos llamar la actualidad, al teatro con algo de carga política o mensaje. Claro que esto no es decir mucho, porque lo que el grupo de Jerez hace está a años luz del teatro de denuncia, un término que a Paco Sánchez –Paco de la Zaranda desde siempre– le sugiere una breve y contundente reflexión: «¡Qué antigüedad!». Por eso, conviene aclarar que, aunque el nuevo montaje de La Zaranda, que se estrena esta semana en el Teatro María Guerrero, juega a la alegoría con una granja de cerdos afectada por una enfermedad en la que según mueren los animales los empleados van siendo despedidos, lo suyo sigue siendo hacer un teatro poético que busca el alma del espectador, no su adhesión ideológica.

El simbolismo, tan presente siempre en sus obras, aquí se multiplica: hablamos de cerdos, en un momento en que se pasean por las calles carteles como «no hay pan para tanto chorizo», y se hace inevitable no pensar en Orwell y su «Rebelión en la granja». Frente a un café y con un bigote nuevo que aún intenta averiguar si es suyo o del personaje, Sánchez explica: «Aquí se mezcla la vida del cerdo con la de los hombres, y cuando me preguntan qué tiene que ver un cerdo con un hombre, es fácil: cuando un hombre sólo aspira a lo material, a llenar su tripa, no hay mucha diferencia. Sólo mejor calidad de pienso». Aunque el director subraya un matiz importante: «No estamos cercanos a la actualidad, pero sí a la realidad, que es distinto. Hay una realidad que estamos viviendo. Ahí, en el trabajo, afloran muchas cosas sociales que el hombre de la calle está viviendo, como unos niveles burocráticos tremendos. Con esa realidad buscamos una trascendencia, que está expresada a través de alegorías, mediante nuestro lenguaje». Dicho de otra forma: «Todo eso va más allá de la denuncia porque no queremos llegar al pensamiento del espectador, sino a su alma, y para eso el mecanismo es distinto».

En La Zaranda, la historia a veces es lo de menos. Otras veces, tiene su aquel. En esta ocasión nos sitúan en una granja de cerdos que van cayendo víctimas de alguna enfermedad. El empleo se reduce y surge la competitividad entre los empleados. pero, como siempre, la compañía da un vuelco a lo que creemos ver. «Es una simulación de la vida –aclara Paco–. Estamos ante unos médicos que vienen a hacer una autopsia de los cadáveres para entender lo que sucedió y averiguar las causas. Es un texto muy enredado que nos permite navegar por distintos personajes, y no se sabe quién lleva las riendas: los cerdos, los médicos, los empleados, las ánimas en pena... todo está mezclado, como en la sociedad en la que vivimos».

Este estreno del actor y director, junto a Eusebio Calonge, el dramaturgo de todos los montajes de la compañía, cuenta, como siempre, con sus infalibles actores, Gaspar Campuzano y Enrique Bustos, e incorpora por primera vez a otro externo al grupo, Javier Semprún, un actor formado en teatro clásico que ha encajado a la perfección en la compañía, asegura el director. «Nosotros no elegimos el teatro; es el teatro el que nos elige a nosotros», justifica. Y cuenta que acaso éste sea «nuestro trabajo más más seco, más intrínseco. Tiene un humor más corrosivo que el anterior». Y eso sí que es decir mucho, dado cómo se las gastan los autores de oscuras pero divertidas disquisiciones vitales como «Nadie lo quiere creer» (2010), «Futuros difuntos» (2008), «Los que ríen los últimos» (2006) u «Homenaje a los malditos» (2004), por citar los últimos trabajos de una compañía que arrancó en 1983 con «Los tinglados de Maricastaña».

La gente de La Zaranda, creyente en el hecho escénico como ceremonia, como comunión más allá de los números y el marketing, como fenómeno más vital que artístico, permanece ajena a modas y tendencias y fiel a sí misma y a lo que un escenario puede ofrecer. Por eso aquí hay un trabajo de máscaras y algo de teatro dentro del teatro. «Un juego dentro de un juego», resume el director. En el decálogo de la compañía entrarían definiciones como ésta de en qué consiste actuar: «Tienes que vaciarte del todo, no se trata de construir un personaje, sino de que entre en ti y tú salgas para que él sea, para que el público vea al personaje y no al actor. Para mí, el teatro se da cuando ese milagro sucede». Y añade Sánchez: «El teatro necesita que se produzca ese misterio. Siempre decimos que no hacemos teatro sino que el teatro nos hace a nosotros. Decirlo es fácil, ser consecuente con lo que se dice es algo más tremendo y difícil. El teatro es oráculo, aparte de espejo donde el público se mira».

Con el alma limpia

Esta responsabilidad aún les asusta a veces: «Es un miedo muy especial, porque nosotros hacemos teatro para el alma de los espectadores, seleccionados uno a uno, porque para nosotros el público nunca es una masa. Como decía Don Miguel de Unamuno, hay que ir con el alma limpia al teatro. Cuando tú trabajas desde el alma y para el alma, no sientes un miedo físico, pero sí un gran respeto. Quizá la palabra no sea miedo. O sí, ¿por qué no? El mismo que puede tener un niño ante el misterio».

Quizá todo esto encuentre concreción en una palabra: trascendencia. «Nuestro teatro nace del dolor del hombre, del nuestro propio, y va dirigido al hombre que se duele. Buscamos un público que sea amigo de la verdad: ese silencio en el espectador que lo lleva a la reflexión, que lo mueve por dentro. Para la denuncia ya está la Prensa, los medios de comunicación. El arte tiene que ir siempre más allá de todo eso. Tiene que buscar la elevación espiritual desde el desgarro. Cuando se trabaja en ese tapiz del alma y lo espiritual, el razonamiento siempre es un estorbo». Y no duda en afirmar: «Ése es el misterio del arte: uno aspira a hablar con Dios, que haya una energía que nos eleve. Y eso se da o no se da». Él lo ha notado a veces frente a un cuadro, en El Prado, «y me he puesto a llorar como un niño, no sé por qué; a lo mejor he ido otro día y ese mismo cuadro ya no ha producido en mí la misma impresión». Eso es lo que La Zaranda intenta lograr: «El teatro es búsqueda. Por eso decimos que hay que limpiarse de todo para vover a comenzar: una especie de resurrección, y eso nos ha mantenido durante tantos años juntos. Es una búsqueda en común».