Enrique, el príncipe sobrio

A punto de celebrar sus 30 años y percibir la herencia de su madre, deja atrás su pasado juerguista y busca su propio lugar en la Familia Real

Los 30 son mucho más que esa barrera ficticia que parece acompañar al cambio de década y que sitúa al ser humano en esa balanza, tantas veces convertida en abismo, entre lo que somos y queremos ser. Para el príncipe Enrique, que el próximo 15 de septiembre cumplirá la treintena, la cuenta se pone a cero. Al menos, la emocional, porque en la bancaria tendrá 12,5 millones de euros más que recibirá como herencia de su madre y que lo elevan de soltero de oro a flamante príncipe de platino. Sí, habrá una vela más en su tarta de cumpleaños y con ese detalle aparentemente insignificante, el hijo pequeño de Carlos de Inglaterra y Diana de Gales entierra definitivamente –al menos es lo que él quiere y espera– un pasado de conductas erráticas que le ha convertido en moneda de cambio para la prensa del corazón y que le ha otorgado por derecho propio el título de díscolo de la familia real inglesa. De nacimiento le vienen los otros: un apellido pomposo, derecho a una habitación en palacio y un puesto asegurado en la línea de sucesión al trono británico que, si bien parece demasiado lejano como para recibir instrucción real –desde el nacimiento de su sobrino Jorge ha pasado a ocupar el cuarto lugar, por detrás de su padre, de su hermano Guillermo y del primogénito de éste–, no está lo suficientemente apartado como para pasar inadvertido y librarse de la presión mediática que supone ser candidato, aunque sea de reserva, a la corona británica. Calibrar ese incierto –pero posible– horizonte como sucesor –no hay que olvidar que su bisabuelo, Jorge VI, también fue un segundón que acabó ocupando el trono– con ese carácter suyo tan tendente a la impulsividad y al desorden ha sido uno de sus principales problemas hasta la fecha, aunque sus desmanes juerguistas no le han impedido seguir gozando de un amplio apoyo popular y ser uno de los «royals» más queridos de Inglaterra, como reflejaba una encuesta elaborada con la ayuda de sociólogos del King's College de Londres, en la que Enrique se situaba en el tercer lugar, con un 36% de los votos, por detrás de su hermano Guillermo (62%) y su abuela (48%) y por delante de su cuñada Catalina de Cambridge (23%) y su padre, Carlos (21%).

Lo que a estas alturas de su vida parece tener claro el príncipe Enrique es que no quiere ser como su tía abuela Margarita –a la sazón, hermana pequeña de la reina Isabel II–, quien nunca tuvo un papel definido dentro de la familia real y que debió su fama más a su intrincada vida sentimental que a su posición como aspirante a monarca. Por eso, desde los círculos de Buckingham se sostiene que éste será «el último verano travieso» del príncipe Enrique antes de que comience una nueva etapa en su carrera militar y asuma nuevas obligaciones reales. Cuidar su reputación será uno de sus objetivos principales –y probablemente el más complicado– en este nuevo ciclo que inicia. «No habrá ni una sola foto comprometedora este verano, lo ha jurado», comenta al «Daily Mail» un amigo del príncipe, que también desvela que los «selfies» están prohibidos en sus noches de diversión. A pesar de todo, parece que esas jornadas crápulas que le valieron ser portada en los tabloides sensacionalistas, se han convertido en vagos recuerdos sólo resucitados por la clarividencia de las fotografías –en la memoria colectiva aún chirrían las imágenes con su desafortunado atuendo de soldado nazi o su desnudo integral en una habitación de lujo en Las Vegas–, ya que, según su entorno, desde que está soltero suele acudir a casa de su amigo Tom «Skippy» Inskip para comer pizza o comida china. Como colofón de despedida de su anterior vida, su hermano Guillermo y su esposa Catalina le están preparando una fiesta de cumpleaños privada con una nutrida lista de invitados –en la que se incluyen algunas de sus ex– y que contará con algunos de su platos y bebidas favoritas, como el cóctel MacDonald Windsor (hecho con ginebra arándanos y cítricos) y el King's Ginger Cocktails (un licor de jengibre con limón).

Estudiante mediocre, fascinado por el grupo The Killers, amante de la música tecno y de las salidas nocturnas, los «hobbies» del príncipe Harry no distaban mucho de los chicos de su edad, aunque su posición lo convirtió en objetivo preferente de los «paparazzi». Ahora le toca luchar contra su propio pasado ya que, a punto de abrazar los 30 años, su indiscreto comportamiento ya no se puede atribuir a la inconsciencia juvenil. De hecho, recibirá de forma íntegra la herencia de su madre después de que la propia familia real inglesa estableciese, tanto para él como para su hermano, que no pudiesen cobrarla hasta celebrar la treintena –a pesar de que el testamento de su progenitora recogía la posibilidad de percibirla a los 25–, evitando así convertir a los jóvenes en una suerte de «''playboys'' capaces de gastar en caprichos su fortuna», como se recogía en un artículo de «Le Figaro».

«Ha cambiado mucho desde aquel episodio de Las Vegas», explica uno de sus amigos. La experiencia militar, especialmente como piloto de helicóptero en la guerra de Afganistán, sacudió su pequeño mundo e hizo brotar en él esa madurez que se resistía a asumir. «Es alguien genuino, sabe mover a las personas y tiene una gran empatía», explica el teniente coronel Tom de la Rue, con el que compartió filas. El antes y el después en su imagen pública lo han marcado los Juegos Invictus, una competción deportiva destinada a soldados heridos en conflictos armados y que el príncipe Enrique ha convertido en su gran apuesta personal: «No se trata de defender el ejército o la guerra, sino de reconocer el sacrificio de estos hombres y estas mujeres increíbles que han sido heridos en el servicio de su país», explicó para defender su proyecto. Su asignatura pendiente sigue siendo encontrar la estabilidad sentimental que, según dicen, tanto ansía –sus amigos sostienen que ya no se toma la soltería a risa–, y uno de sus sueños es comprarse una casa en el campo y tener un labrador negro. Si no llegan en forma de regalo de cumpleaños dentro de tres semanas –Enrique siempre ha jugado la baza de ser la debilidad de su abuela Isabel II–, invertir la herencia de su madre en una propiedad podría ser uno de sus objetivos, aunque si quiere reducir el 40% que le retendrán por el impuesto de sucesiones, tendrá que contribuir con ese dinero a proyectos solidarios, algo que el hermano de Guillermo ya ha convertido en uno de sus objetivos prioritarios asumiendo causas filantrópicas propias, como la ayuda a los niños huérfanos y a los jóvenes desfavorecidos, además de la sensibilización y a apoyo a las Fuerzas Armadas. Harry estrena mirada serena y, aunque conserva algo del niño pelirrojo de sonrisa pícara que siempre fue, parece haber desterrado al joven insensato que le convirtió en la carnaza del «cuore».