Ángela Molina: «Debemos recordar de dónde venimos»

La intérprete presentó ayer sus memorias, «Detrás de la mirada», en las que relata su infancia y su relación con su padre, así como los hitos de su carrera.

Molina conversó sobre su biografía en la librería de cine Ocho y medio, en Madrid
Molina conversó sobre su biografía en la librería de cine Ocho y medio, en Madrid

La intérprete presentó ayer sus memorias, «Detrás de la mirada», en las que relata su infancia y su relación con su padre, así como los hitos de su carrera.

Ángela Molina lleva la boca pintada del mismo rojo de su vestido. Durante la presentación de su biografía, «Detrás de la mirada» (La esfera de los libros), la actriz juega con su pelo como una adolescente distraída. Interrumpe a su amiga Elena Martínez, autora del libro, para comentar cosas que se le ocurren de pronto: «Veo esta foto de Fellini y recuerdo el día en que le conocí», dice, mirando el enorme retrato del director que adorna la librería Ocho y medio de Madrid. De inmediato retoma el hilo de la conversación y comenta lo placentero que resultó rememorar su infancia para este proyecto: «Debemos recordar de dónde venimos y lo que hemos heredado del amor de los nuestros».

«Detrás de la mirada» es una obra a dúo. La pluma es de Martínez, su amiga desde la niñez, que recuerda en el libro cómo la conoció y los momentos más importantes de su vida y su carrera. Los pensamientos y anécdotas de la intérprete se intercalan con los de su amiga y le dan un aire de conversación a la biografía. Molina afirma que las historias de su infancia eran las que más quería resaltar, especialmente el cariño que recibió siempre en casa. De hecho, la idea de escribir este libro, que permaneció tres años en el tintero antes de ver la luz, se le ocurrió cuando le propusieron hacer una película sobre su padre. «Para mí lo más interesante era contar el niño que fue. Lo demás le pertenecía al público», afirmaba ayer. Retoma, por supuesto, la relación que tuvo con él: «Su regreso a casa era siempre una fiesta de emociones. La infinita alegría de sentir de nuevo su presencia que lo llenaba todo, la expectativa que rozaba la angustia...», recuerda en la biografía.

Al leerla, es evidente la importancia que ha tenido siempre el séptimo arte en su vida más allá de su éxito profesional. «Ella es cine y el cine es ella», apunta Martínez. Tras la muerte de su padre, en 1992, Molina tuvo que viajar a Portugal para grabar «Coitado do Jorge» junto a Jorge Silva Melo. De aquella experiencia recuerda que «cuando llegué al hotel, me quedé estupefacta. Jorge me había dejado en mi habitación cientos de cintas de vídeo. Una pared entera con todo el cine, desde Murnau hasta el último grande (...). “No llores sola, llora con el cine”, me dijo. Pasé días volviendo a ver todos esos grandes que me habían emocionado».

Otra persona que estuvo allí para ella durante ese momento duro, además de su esposo, Leo Blakstad, y de la propia Elena, fue Lola Flores. Molina recuerda su visita tras el fallecimiento de su padre: «Estábamos las dos solas. Ella le besó y, llorando, le dijo: “Ay, Antonio, has sido el más grande”. Y lo decía de corazón porque se adoraban. Yo le contesté: “Cada uno lo suyo, Lola, cada uno lo suyo”. Quise alabarles a los dos por igual. Y entonces nos abrazamos y lloramos juntas».

Luis Buñuel, que la lanzó a la fama con «Ese oscuro objeto del deseo», tiene también su lugar en esta historia. «Le llamé siempre don Luis. Y él, a mí, Molina. Tenía 77 años y yo 22. Aunque de todos los grandes directores con los que he trabajado he aprendido muchísimo, fue Buñuel el que me enseñó a aprender», escribe. También confiesa que tuvo que desvestirse frente a él antes del desnudo que exigía la película: «Entró en el camerino donde yo estaba con una bata blanca y negra de seda natural china. Como un doctor, se puso las gafas y me dijo: “Cuando quiera, va a tener que quedarse con su primer vestido natural”. Me miró como quien mira un cuadro. Rápidamente, unió las manos, como un oriental, y me dio las gracias varias veces».

«El tiempo la adora»

En el libro se cita a Jaime Chávarri, con el que Molina trabajó en dos musicales y que dice de ella: «El tiempo la adora. Lleva sus marcas como medallas». Sin embargo, sentada en la terraza de la librería, dice que no quiere hablar de envejecer. Se distrae mirando qué filmes están pasando en los cines Golem. Pero después se une a la conversación y afirma que «no me preocupa lo físico porque sé que la belleza de la vida va por otro lado. Hay que intentar pasar por los periplos de la edad con honestidad». Entonces pregunta por la hora y anuncia que debe irse. Se despide con dos besos que dejan manchas rojas en las mejillas. Se acerca de nuevo, las limpia con suavidad y se marcha con una sonrisa.