«¿Casarme? Alguna de estas Navidades...», dice Carlos Falcó

El Marqués de Griñón presentó el pasado miércoles su tercer libro en un acto donde no estuvo acompañado por su hija Tamara

Carlos Falcó con Esther Doña y su hijo Duarte Falcó, durante la presentación de su libro el pasado miércoles en Madrid
Carlos Falcó con Esther Doña y su hijo Duarte Falcó, durante la presentación de su libro el pasado miércoles en Madrid

Es una seudobiografía que exalta al empresario que creó un imperio vinícola inédito en sus nobles, quienes prestaron su palacio de Castellana para que Don Juan Carlos viviese sus primeros años españoles. Aireó y hasta usó su título para unos tintos vendidos a todo el mundo. No se adormeció en su aristocrática cuna ni tampoco en los dispares matrimonios. Su familia viene de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, soldado y quizá algo más de Isabel la Católica. Su madre restauró el derruido palacio de quien fue hombre clave en nuestro anticipado europeísmo. Su vocación aceitera tampoco es nueva y verde oscuro lo degustaron mojando pan al lanzar su tercer libro, nada que ver con sus avatares amorosos.

Van desde Isabel Preysler a la arisca Jeanine Girod, a quien Naty Abascal le quitó a Ramón Mendoza después de llevar 20 años sin darle el «sí, quiero». Su amante sevillana lo llamaba «zorro del pelo blanco», que por Navidad siempre me enviaba enormes cestas de fruta fresca. Nos entendíamos bien, gallegos a fin de cuentas, aunque yo prevenía a la ex maniquí de sus tretas. No llegó a regalarle un piso. Únicamente le alquiló dos en plaza de las Salesas, encima de una parrilla que ahumaba su primer piso y en el más caro Alfonso XII del Retiro. Nati Abascal lo usó de salvavidas cuando Feria la repudió, ¿o fue ella quien lo dejó harta quizá de excesos de todo tipo? Finalmente lo llevaron a la muerte. Rafael era todo un señor, que sólo perdía el sentío cuando se pasaba tomando. Le costó la vida.

Tampoco Carlos Falcó lo hace en «La buena vida» (Ed. Espasa), 200 páginas que se leen de un tirón. Tiene la elegancia de pasar por alto vicisitudes con Jeanine y Preysler, que quizá sirvan para otro volumen más que refleje sus fracasos –¿aciertos?– sentimentales. Obviarlas es buena vida. Será sabroso, como descubrir que su familia ya hacía en Córdoba el aceite preferido por Isabel de Castilla. Es siete veces centenario gracias a su almazara de Casa de Vacas, en Malpica (Toledo). Allí Cela me pidió perdón a instancia de Rafa Ansón, presente en este bautizo del Eurobuilding. Acepté el abrazo «siempre que no me largue otro puñetazo». Aquello me pareció honroso en la Marbella agosteña donde fuimos comidilla. No dejaban de preguntarme «¿por qué lo ha hecho si sois amigos y estuviste en Estocolmo por su Nobel?». Respondía confirmando que Marina Castaño no volvería a ser madre tras tener a la hoy abogada. Cuca García de Vinuesa, fiel a su hábito largón, me contó cómo la acompañó al ginecólogo. Supe lo que dije y fui profeta con castañazo incluido. Es una medalla al mérito que quizá no pueda colgarme, asegurando que el casorio de Griñón con Esther Doña está próximo: «Será alguna de estas Navidades, te lo aseguro», reconoció ante la treintañera Esther, que conquista por físico y naturalidad. No tiene la acritud de la primera esposa, madre de Manolo y Sandra, que estuvo en la fiesta con Conde Pumpido y Michavila. Tampoco se parece a la sofisticada Preysler y menos aún a la pía Fátima de la Cierva, madre de Duarte, su último hijo. Al ser preguntado «¿por qué no ha venido Tamarita?, responde: «La pobre niña lo está pasando mal y evita a los informadores».