Cristina Blanco, de «chica colsada» a bruja

Era como mi hermana y con ella compartí seis veranos en Marbella en los que embaucaba con sus predicciones. Le costó entrar y yo le di algún empujón. No causaba miedo, acaso respeto

Su ojito derecho el actor Miguel Ángel Muñoz era y es el niño de sus ojos
Su ojito derecho el actor Miguel Ángel Muñoz era y es el niño de sus ojos

Era como mi hermana y con ella compartí seis veranos en Marbella en los que embaucaba con sus predicciones. Le costó entrar y yo le di algún empujón. No causaba miedo, acaso respeto

Me pasma, asombra e incluso indigna hasta causarme risa la manera en que están «resucitando» a Cristina Blanco. Quienes especulan contando lo que no hubo, ni la conocieron. Era como mi hermana y compartimos seis veranos juntos en Marbella, su dominio profesional, en donde embaucaba con algo más que brujerías. Entonces le costó entrar y yo le di algún empujón cuando aterrizó enfrentándose a un generalizado rechazo hecho «yuyu». Luego se tornó en pleitesía reverenciadora. Maripi Roman, esposa de un teniente de alcalde aún encarcelado por sus trapicheos con Gil y Gil, quiso impedirle entrar en un cóctel celebrado en la Torre del Homenaje. Yo medié con un «Maripi, que viene conmigo». Somos compadres y Lara Dibildos y yo apadrinamos a su hija Andrea, a la que Cristina trajo de Bolivia. Conmigo le dejaron pasar al fiestón oficiado por don Jaime de Mora, que hacía sus «bolos» compartiendo sus virtudes pianísticas con lo que hacía en su bar de los bajos del Marbella Club. Tiempos de guerra abierta entre la intratable Regine y Olivia Valère, aún reina y señora de la actual «nuit» costasoleña. Consiguió un imperio de la noche tras comenzar con una modesta barra no muy allá. Era la Marbella arrebatadora gilista sin mucha diversión nocturna como no fuese de puertas adentro. Era el momento del inicio del desembarque árabe, cuando las recién instaladas jequesas gastaban fortunas en las tiendas de Ricardo Soriano, donde las atendían a cualquier hora. El joyero Gómez Molina se enriqueció llevándoles el muestrario a sus mansiones, en la suya Kashogui tenía el piano de cola con incrustaciones de oro. Todo era despilfarro y ostentación de las mil y una noches. En seguida repararon en Cristina, entonces una gordita apetecible, de hermosa cara. Sólo le faltaba el atractivo de ciertas dotes adivinatorias –en las que nunca creí viendo lo que veía permanentemente a su lado–; empezaron a frecuentarle, la revivían en el salón de algunos hoteles y le pagaban espléndidamente. Utilizaba a un traductor para contarle no sé qué, caso único de predecir el futuro sin contacto verbal con el interesado. Quizá fue el primer engaño al que enseguida se unieron famosos de todo pelaje, gentes acaso inseguras como José María García y su esposa Montse Fraile, que preguntaba por supuestas novias del experto futbolero, o María Teresa Campos, contagiada de lo que se hizo moda. Casi prohijó a Rociíto y la Jurado la consideraba su oráculo. Todos conectaron con «la bruja» o «la gorda» en auténtico reinado desde su chalé adosado al hotel Andalucía Plaza, donde por vecina tenía a una Belén Esteban con el estigma amoroso de Jesulín. Era entonces muy delgada y de gran timidez animada por su leal Mariví. Amistad por encima de años, de subidas o bajadas. Se cayeron las dos bien y «la bruja» casi se convirtió en una guía que le permitió ampliar el círculo porque la rubia llegaba con su fama a cuestas.

Nunca la vi hacer rituales extraños, asustar con velas negras o enterrar –me pregunto dónde, si su casa no tenía jardín– esos ataúdes ahora recordados, donde supuestamente enterraba fotografías de famosos. ¡Qué barbaridad! ¿Quién los vio, o es que «la bruja» hacía citas colectivas para ceremoniales demoníacos? Igual hasta cobraba entrada para el imaginado «show» de ultratumba. Hizo panda con lo más sobresaliente de aquel mundillo tan falso, irreal y fantasioso como sus predicciones. Iban desde Mayte Zaldívar a Mae Dominguín, recién casada en terceras nupcias con un millonario santanderino. Con Terelu hasta fue a Londres y alardeaba de que le regalaba zapatos de 140.000 pesetas, unos 840 euros de ahora.

«Las moras me pagan de película y siempre en metálico», alardeaba enseñando un fajo de los entonces billetes verdes. Elio Valderrama paseaba al entonces crío Miguel Ángel, que había protagonizado «El palomo cojo» y mamá no se cansaba de repetirlo. Era, y es, el niño de sus ojos y lo exteriorizaba con sus espléndidas paellas, plato preferido del pequeño que ahora imprudentemente la resucitó. Con ellos estaba Miguel Ángel padre. Era mudo testigo del entusiasmo que generaba la propia. Nunca lo entendió y procuraba mantenerse al margen mientras ella se enriquecía, salía, leía manos, echaba cartas y competía con nosotros en plan investigador preguntando, previo pago a criados, las peculiaridades de su variopinta clientela. Nunca observé que provocara miedo, acaso respeto. Y eso que íbamos inseparables de aquí para allá cuando me contaba su vida anterior primero enseñando piernas, entonces delgadas. Trabajó como vedette de Colsada en sus «alegres chicas» antes de ser empleada de El Corte Inglés tras mediar un amigo encargado de planta que olvidaba cargarle las compras. Acabó enchironado y ahí sigue.

Una mañana escapamos a Gibraltar porque Belén Esteban quería comprar tabaco y, de paso, conocer la Roca. Dimos un paseo. Entramos en un súper donde compró cigarrillos y una bolsa «king size» de patatas fritas. A mediodía iniciamos retorno y Belén, en el asiento trasero, devoró las crujientes: «¡ Cuidado con tu diabetes!», le advertíamos. Remató el bolsón y cuando paramos a comer pidió un plato de huevos fritos. Se atiborró ante nuestro susto: «¡Belén, ¿te lo vas a zampar?, piensa en tu enfermedad». Cristina casi aplaudió la elección y sus ojazos adivinadores no alertaron peligro alguno. Fue cuando surgió el romance entre Belén y Miguel Ángel, algo que ella no desmentía. Otra mañana saltamos a Tánger. Del zoco Cristina volvió con un cargamento de especies y aún tuvo tiempo de comprar chilabas con las que dar más carácter a sus predicciones. Esto es lo que viví y alucino con los disparates actuales, como si fuese ella leyendo las estrellas. «La bruja» vivía sólo por ese hijo. Por él dejó el fasto, la engañifa de sesión continua, y se retiró. No volví a verla, pero a veces me telefonea y me recomienda que no diga dónde está ni que sigue viva. «Adelgacé mucho y no me reconocerías». Adorablemente misteriosa hasta el fin.