El chulo que atrapó a Lamar Odom

Rico gracias a la prostitución, Dennis Hof controla siete de los dieciocho prostíbulos de Nevada. Campeón mundial del arte de la autopromoción, su leyenda se basa en el cacareo continuo y en un permanente marcar paquete por los medios de comunicación. Sale a la palestra por ser el dueño del puticlub en el que el ex jugador de baloncesto de la NBA Lamar Odom fue encontrado inconsciente tras tres días de excesos de todo tipo

Rico gracias a la prostitución, Dennis Hof controla siete de los dieciocho prostíbulos de Nevada.
Rico gracias a la prostitución, Dennis Hof controla siete de los dieciocho prostíbulos de Nevada.

Que la ficción maquilla lo real, y a menudo lo mejora, se comprueba fácilmente al medir la sideral distancia entre Ellis Albert «Al» Swearengen, o sea, Al Swearengen, el inolvidable dueño del prostíbulo y salón La Gema en la magnética interpretación de Ian McShane en Deadwood, la shakesperiana serie sobre un pueblo minero durante la conquista del Oeste, y el palabrón Dennis Hof, célebre dueño de prostíbulos en Nevada y, estos días, muy comentado en los medios porque Odom Lamar, antigua estrella de la NBA, estuvo a punto de morir en uno de sus puticlubs.

The Love Ranch CatHouse es uno de los 7 prostíbulos de Hof, que dan empleo a un total de 500 chicas en un estado donde la prostitución es legal en varios condados pero no, de momento, a nivel estatal. De ahí que el «emprendedor» no haya podido abrir, todavía, un local en Las Vegas. Mejor todavía: sólo puedes abrir un prostíbulo en aquellos condados con menos de 700 mil habitantes. Como a estas alturas casi todo el mundo conoce la historia de Lamar y su sobredosis, la resumimos para centrarnos en Hof. El pasado 10 de octubre la Policía recibió el aviso de que un cliente del prostíbulo había sido hallado inconsciente en la habitación VIP del establecimiento. Se trataba de Odom Lamar, ex jugador de los Angeles Lakers retirado del baloncesto por su paupérrimo rendimiento durante los últimos años y protagonista de una vida candidata a un telefilme entre la ópera bufa y la tragicomedia. Su padre era adicto a la heroína. Su madre murió de cáncer cuando Odom tenía 12 años. En 2011, mientras estaba en Nueva York para asistir al funeral por un primo al que habían asesinado, el taxi en el que Odom viajaba atropelló y mató a un chico de 15 años. Perdió a dos de sus mejores amigos, uno por sobredosis. Entre 2009 y 2015 estuvo casado con Khloé Kardashian, de profesión sus realities shows. Aunque ella, teóricamente, era o es novia en estos días de otro astro de la NBA, el escolta James Harden, y aunque en junio de 2015 Khloé y Odom habrían firmado los últimos papeles de un divorcio causado por los continuos pasotes con drogas y alcohol y las numerosas infidelidades que acumulaba Odom, tras el accidente del prostíbulo la hermana pequeña del clan Kardashian ha logrado paralizar el divorcio y tutela los cuidados médicos de su ex. O semi ex. O como quiera que se nombre a los maridos que dejaron de serlo y prometen generar sabrosos beneficios en el mundo de la telebasura cuando planean a medio metro del cementerio.

De vuelta a Dennis Hof. Nació en 1946. Es rico gracias a la prostitución. Controla 7 de los 18 prostíbulos de Nevada. Pasó de ser el dueño de una gasolinera a comprar, en 1977, el Moonlite BunnyRanch, uno de los locales de alterne más conocidos del estado. A diferencia de sus colegas, que siguen la vieja escuela de los chicos listos y prefieren mantenerse lejos de los focos, Hof ha hecho de su vida una obra de arte. Entre 2002 y 2014 la HBO le dedicó una serie, Cathouse, a uno de sus locales de alterne. Ha publicado una autobiografía, «The art of pimp: One man´s search for love, sex and money», algo así como la quintaesencia del manual del buscavidas. Ha sido novio de estrellas del porno como Heidi Fleiss y Sunset Thomas. En los últimos días, ha dedicado todo su poder de persuasión, su labia de vendedor de coches usados y su carisma de mercachifle para dejar claro que los médicos dirán lo que quieran, pero Lamar «no consumió drogas en su establecimiento». Oh, sí, el chico estuvo allí tres días y cuando lo encontraron tenía un parecido alarmante con la Mia Wallace de Pulp Fiction, minutos antes de que Vincent Vega procediera a meterle el ya legendario chute de adrenalina. Las chicas dicen que lo escucharon «esnifar». Sí, bueno, es muy posible que hubiera consumido cocaína antes de llegar. Ya, cabe la posibilidad de que, al haber alquilado la habitación más grande y cara del complejo, la que otorga más privacidad, consumiera drogas cuando nadie miraba. En su menú politoxicómano, aparte del alcohol y la coca escondida, también abundaron las llamadas viagras naturales, pastillas de efectos poco o mal aclarados que Hof vende en sus locales.

Todo esto resulta fundamental porque Hof sabe que su capacidad para seguir operando depende de que las autoridades consideren que ha cumplido con la política de tolerancia cero hacia las drogas. El problema es que el de la prostitución es un negocio basado en la Ley del Silencio. Nadie habla. Mucho menos con la Prensa. Los caprichos lascivos, las prostitutas a 35.000 dólares, los trucos de alcoba, la soledad remediada con amores de alquiler, todo queda excluido del escrutinio público.

Excepto en el caso de Hof. Campeón mundial del arte de la autopromoción, su leyenda está basada en el cacareo continuo y en un permanente marcar paquete por los platós y las radios. De alguna forma, cree representar los sueños ocultos de todos los varones del planeta. Un tipo libre y lenguaraz, sincero, directo, que de ninguna forma permitirá que el clan Kardashian maneje los tiempos y/o el mensaje de lo ocurrido en su rancho.

“¿Las Kardashians no quieren que nadie hable?”, comentaba esta semana a la CNN. Su voz sonaba entre compungida e irónica. “Estas chicas”, añadió, “son conocidas por hablar con los medios. Lo único que quieren es controlar todo lo que se diga, y dirán cosas malas de mí y de mi negocio, igual que su padre. Yo lo único que quiero es la verdad salga a la luz. No tenemos nada que esconder”. Y uno de sus lugartenientes, Richard Hunter, ha explicado que tienen un “montón de chicas disgustadas y a gente ayudando. Estamos tratando de conseguir que las cosas vuelvan a la normalidad. Y estoy deseando que Lamar se reestablezca y pueda volver aquí, con las chicas, donde pertenece”. Imaginamos que a la buena de Khloé le habrá dado un soponcio con esta última frase. Pero nadie amordaza al Chulo de América, versión contemporánea y cínica del viejo regente de casas de citas, y muy, muy lejos del verbo barroco, como de navaja automática mojada en veneno, que paseaba Al por las calles de Deadwood.