El dosier secreto de Mar Flores

Tras quince años juntos y cuatro hijos en común, la modelo y el empresario Javier Merino se separan. Las dificultades económicas parecen haber hecho mella en la relación.

Tras quince años juntos y cuatro hijos en común, la modelo y el empresario Javier Merino se separan. Las dificultades económicas parecen haber hecho mella en la relación.

No sorprende. Era la crónica de un divorcio anunciado desde hace muchos años. Lo esperaban quienes conocen el paño de una Mar Flores a quien redimió socialmente casarse con el cegado Javier Merino.

Lo hizo como recurso, maniobra para sobrevivir hasta hoy con cuatro hijos del empresario tan entregado que, en su comunicado, asume propiciar una ruptura acaso motivada por sus dificultades económicas. Hacienda le reclama once millones. Pero él mantiene el tipo como durante casi toda una vida apoyando a su guapa esposa austera, faenón de lo que en tiempos –años 90– la marginó de la sociedad madrileña.

Fue cuando se lió con el avasallador Conde Lequio tras conocerlo y encamarse inmediatamente en La Coruña. Fueron a un desfile de la peletera Olga Ríos, a la que entonces emparejaban con Fraga Iribarne o su «conselleiro» Jaime Pita. No llegó a tanto, pero él la protegía con abundantes subvenciones desde la Xunta que presidía. Dieron que hablar y ella no lo desmintió. Fui el primero en ver el flechazo de Mar y Dado. Los descubrí en el ascensor del hotel coruñés en que nos alojábamos. Olí su rollo mientras bajábamos en ascensor al hall. Ocurrió ocho meses antes de la gran trifulca, su estafa amorosa a Fernández Tapias, en el romano Hotel Inglaterra, con las fotos de marras que «Interviú», entonces dirigida por Agustín Valladolid, publicó con sensacionalismo.

Echa por tierra el económicamente interesado romance de Mar con el empresario vigués, hoy feliz con Nuria González. Fue un paño de lágrimas que comprendió su enfado y posterior desolación. Este encandilamiento casi fue apadrinado por Alberto Cortina y Miriam Lapique. Viajaban con ellos y vieron cómo Tapias la cameló regalándole un abrigo de martas rubias de cinco millones de los de entonces. Un derroche entendible por quien se cegó de amor y recibió mal pago de esa infidelidad vendida en cuarenta millones de pesetas que la revista pagó en tres cómodos plazos. Los cobró Manuel, el mayor de los Matamoros. A mí quisieron involucrarme como un Pérez negociador cuando no tenía idea.

Lo aclaramos en «Tómbola». Lo intentaron los terribles gemelos igual que a incluir a la buenaza de Ana Tarazaga, entonces influyente en la revista de Zeta. El material «que Mar y yo nos hicimos en la cama –me cuenta Lequio– se lo quedó ella, no supe más hasta que lo ví publicado varios años después. Yo sólo había montado la foto del farol, en la vía Bongomagna costera al palacio Torlonia en que vivía mi abuela Beatriz. Miguel Temprano las hizo desde arriba y me avisaba de cómo debíamos ponernos para que ella no se diese cuenta. De eso me llevé mi parte, nada de las fotos encamadas tan reveladoras. Mar se divertía pero yo sabía que no daría para mucho. Estuvimos ocho meses o así. Creo que era el 96 o 97, ni me acuerdo. Rompimos por ese reportaje no autorizado por Mar. Se creyó engañada, ¡lo que hay que ver! », casi suspira el bisnieto de Alfonso XIII. Merino surgió entonces como salvavidas abnegado del descalabro social.

Mar lanzaba una agencia de modelos –o tal las titulaban– creada con su íntima Sofía Mazagatos. El negocio lo subvencionaron Tapias y González de Caldas, una ocasión perdida para colocarse por la tontarrona del «candelabro». No tenía la avidez de su socia. Ni había dejado tantos cadáveres en el camino santificada con aparatosa boda en Las Salesas. Estuve allí y admiré el principesco traje con hombros descubiertos firmado por Lacroix. Él iba de príncipe italiano. Carlos Constanza arrolló como su compatriota Antonia dell’Atte cuando Berlusconi creó Telecinco. Parecían pareja modélica: el bien colocado de la cadena por el hijo del supermagnate italiano. Habían sido condiscípulos desde primera enseñanza. Le dio una oportunidad desaprovechada.

Pero no todo fue ese Triángulo de las Bermudas eróticas perfectamente manipulado por quien hoy repite que «quiero ser yo». Una donjuán femenina. Bien lo saben desde el Carlos Lozano, más que probable ganador de «GH Vip», a Bertín Osborne y Jimmy Solá –socio de su hermano Pepe en la empresa televisiva que enseguida abandonó. Fue tórrido lo suyo con Tony Caravaca, luego marido de Charo Vega, y de Lozano subsisten calientes fotos en La Pedriza, donde vivía el presentador. Son igualmente tórridas pero menos comprometidas. Hasta enloqueció Cayetano Martínez de Irujo que, repitiendo lo de Tapias, hoy tan mimado por Nuria, se puso la aristocracia por montera.

Cegó con su mantenida arrogancia, se enfrentó a los suyos y afrontó el rechazo de llevarla a la boda sevillana de su hermana Eugenia con el torerito de tanta cabeza. De ahí que yerre en la hora suprema. Desdén de una sociedad bética que se sintió ultrajada al compartir destacado sitial con esta «aventurera». De eso la tildaron y el conde de Salvatierra dio explicaciones a una Cayetana que con él perdía el «sentío». Con la contrayente fue su ojito derecho hasta confiarle los escasos caudales del patrimonio abundante en latifundios pero sin «cash». Mar se portó con él, le correspondió al internarse para rehabilitación que ella costeó, o tal dicen las crónicas de aquel tiempo sin duda más feliz. Como vio imposible convertirse en noble vía sexo, lo dejó y retomó su historia con el paciente y resignado Javier Merino que, en seguida, le dio el sí. Tuvieron cuatro hijos que ahora comparten en El Viso un piso bajo de Rodríguez Santamaría. Aseguran que lo heredó de su abuela mientras otros sostienen que está alquilado. Con ellos volvió el mayor, de 22 años, nacido del italiano, que llegó a darme sin ser amigos –pero buscando destruirla– un memorándum que retrataba a la Mar Flores de la que tras representarla años, su ex cuñado Kiko suelta pestes. Se lo pasé a Luis María Anson. Lequio remata con pincelada magistral su recreación:

«Ante Andrea Savini, Mar me pedía paciencia para acabar lo suyo con Tapias. ‘‘Un més más. Dado, sólo un mes, que está a punto de regalarme una casa en Conde de Orgaz’’».

«Con el fin de evitar que ‘‘Interviú’’ publicase las fotos, el intermediario Matamoros ofrecía a cambio un posado semiintegral. Pero pedían cien millones ¡por hacerles un favor! Era lo mismo solicitado por el material ya en máquina, luego rebajado a 40 que se repartieron», concluye Ana Tarazaga de memoria viva, lúcida y nunca colaboradora. Fue testigo de todo «porque tenía despacho vecino al del director de ‘‘Interviú’’». A Mar le costará superar lo que no es tragedia porque ya no tiene edad aunque conserve su aire de pícara pero tremenda ingenua.