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El retrato robado de Jackie Kennedy

La pintura de la ex primera dama desapareció en 1968 de Grey Gradens, la casa de su tía, y se encontró esta semana en una galeria de East Hampton, EE UU.

La pintura de la ex primera dama desapareció en 1968 de Grey Gradens, la casa de su tía, y se encontró esta semana en una galeria de East Hampton, EE UU.

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Probablemente sea Jacqueline Kennedy una de las mujeres más fotografiadas de su tiempo. Su imagen incluso llegó a aparecer en no pocos retratos, algunos ya icónicos, como los realizados por Andy Warhol. Lo que no sabíamos hasta ahora es que existía un cuadro de una Jacqueline de 19 años, pese a su semblante infantil, pintado por Irving Hoffman. La obra fue presentada hace unas semanas como una de las joyas de una galería de arte llamada Wallace Gallery, en East Hampton. Tras la pintura ahora recuperada surge una de las historias más curiosas y controvertidas relacionadas con una de las ramas de la familia de quien fue primera dama de Estados Unidos durante solamente mil días. El retrato permaneció desaparecido durante años y no ha sido hasta ahora, cuando fue adquirido a un vendedor anónimo por el responsable de Wallace Gallery, que se ha sabido de su existencia. Pero eso ha traído a la par el hecho de que sea reclamado por los herederos de quienes lo tuvieron, al menos hasta los años 60, cuando fue sustraido de una casa señorial decrépita llamada Grey Gardens, al norte de Nueva York. Probablemente no les diga nada el nombre de esa propiedad, pero en Estados Unidos es un icono cultural gracias a un excelente documental que en 1975 sacó a la luz a Edith «Big Edie» Ewing Bouvier Beale y a Edith «Little Edie» Bouvier Beale, tía y prima de Jacqueline, respectivamente. Hace pocos años sus historias dieron pie a una película de HBO protagonizada por Jessica Lange y Drew Barrymore, además de un musical de éxito en Broadway.

La pintura fue un encargo de John Vernou Bouvier III, padre de Jackie, que hizo inmortalizar a su hija en óleo poco después de que ella sufriera un accidente de equitación y pasara varios días inconsciente, quien posteriormente se lo entregó a su hermana «Big Edie», que se lo llevó a su mansión de Grey Gardens. Esa propiedad, en 1971, fue denunciada por el Departamento de Salud de Suffolk haciéndose eco de las quejas de los vecinos, que consideraban que aquel no era un buen lugar en el que residir. Había motivo. Madre e hija vivían, mejor dicho, sobrevivían, en Grey Gardens rozando la indigencia, en una casa que se caía a pedazos y rodeadas de gatos.

Portadas y un documental

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Un año más tarde, la historia de la aristocrática familia caída en desgracia se convirtió en portada del «New York Magazine». Fue entonces cuando Jacqueline y su hermana Lee decidieron ayudar a sus parientes. En ese momento, de la mano de Lee, surgió la idea del documental que ya es un clásico y que en 1976 se proyectó en el Festival de Cannes fuera de concurso.

Volvamos al cuadro. Se cree que ese caos en el que permaneció la casa facilitó su sustracción. De hecho, en 1968 «Big Edie» y «Little Edie» denunciaron que les habían atracado. Esta última, poco antes de morir en 2002, instó a sus sobrinos a que trataran de recuperar todo aquello que había desaparecido en el robo del 68. Entre esas piezas, según un documento de la Corte Federal de Brooklyn, se incluye un retrato pintado de Jackie. La galería que ahora ofrece el cuadro, insiste que lo ha obtenido legalmente y que no sabe nada de robos. La polémica sobre el destino final parece que no se acabará.

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Eso sí, al margen del de la galería Wallace, la Casa Blanca conserva el que es el retraro oficial de Jacqueline Kennedy como primera dama. Lo realizó Aaron Shikler, quien también se encargó de realizar los de Nancy y Ronald Reagan, además del de John F. Kennedy, una pintura que es todo un icono de lo que fue aquella presidencia. El óleo supuso el regreso de la ex primera dama a la mansión presidencial tras el asesinato de JFK.

UNA MANSIÓN EN RUINAS

La célebre Grey Gardens fue adquirida por el abogado Phelan Beale, marido de Big Edie (en la imagen), y se convirtió en el icono de lo más parecido a una aristocracia estadounidense. Pero Beale acabó divorciándose, dejando a su mujer con la casa y sus deudas. Durante años, sus hijos le pidieron a Big Edie que la vendiera, pero ella siempre hizo oídos sordos, aunque la propiedad estuviera prácticamente en ruinas. Muchos años después, la mansión fue finalmente comprada y restaurada por el periodista

Ben Bradlee.

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