María Teresa Campos: «Le cogí pavor a los quirófanos»

El clan Campos confirmó la existencia de un hermano secreto en 1996 con una prueba de ADN.
El clan Campos confirmó la existencia de un hermano secreto en 1996 con una prueba de ADN.

El rumor asegura la decisión de María Teresa Campos y sus hijas Terelu y Carmen Borrego de pasar por el quirófano para eliminar cuanto no les gusta de sus televisivas imágenes.

El tema estético, casi un shakesperiano ser o no ser, ha supuesto el incesante cotilleo de los últimos días. El rumor asegura la decisión de María Teresa Campos y sus hijas Terelu y Carmen Borrego de pasar por el quirófano para eliminar cuanto no les gusta de sus televisivas imágenes. Es incierto y la matriarca es la primera en desmentirlo: «A mis 76 años ni se me pasó por la cabeza. Desde mis recientes sustos de salud le cogí pavor a los quirófanos. Los visitaré en casos imprescindibles. No estoy por eso, aunque a Edmundo le encanta todo lo que sea para mejorar el aspecto. Cree que es nuestra obligación la de mostrarnos lo mejor que podamos», asegura. Pero sus comentarios contrastan con el sincero anticipo de su hija Carmen de apuntarse al tirón: «Lo haré en unas semanas para quitarme las arrugas del cuello, al que me resisto a llamarle papada. Y, puesta en faena, igual pido un toque reductor por aquí y por allá. Me operará el doctor Peñas, ya que ahora Enrique Monereo cree que pasar a famosas por el quirófano produce quejas y espantada en su clientela habitual». Con la misma perspectiva aligeradora está Terelu, que pone objeciones para concretar fecha y las zonas a suprimir. «Eso no lo cuento, faltaría más. No lo puedo contar», me repitió, quizá pensando que sería una manera generosa de romper la probable exclusiva de quien no tiene reparo en descubrir algo tan íntimo que le producirá buenas ganancias. Lo descubriremos lupa en mano al verla rejuvenecida.

Mientras esperan, o más bien desesperan, María Teresa va templándose sin perder la esperanza e insistiendo en que quiere recuperar su programa, o algo parecido a aquel «¡Qué tiempo tan feliz!» que durante ocho años fue una de las principales atracciones de los fines de semana. Por allí desfilaron todos los personajes importantes que ahora repiten en «Viva la vida», el programa de talante y presentación tan diferente al de María Teresa. Buscan más la sonrisa agradecida del respetable que dejar un documento testimonial de un tiempo, una época y una sociedad. Los «populares» que ahora surgen no tienen la entidad, no solo artística sino humana, de cuantos les han precedido. Y para eso sirve el archivo de «¡Qué tiempo tan feliz!». María Teresa anhela volver a tener un espacio de tres horas y, aunque ahora se distraiga haciendo apariciones esporádicas, a pesar de su edad sigue con el entusiasmo y la ilusión de sus mejores tiempos, cuando fue la reina de las mañanas y posteriormente de los festivos.

Edmundo, un bálsamo

En tanto, Bigote Arrocet –al que ella tras muchos esfuerzos e insistencia consiguió que todos llamásemos Edmundo, después del trabajo que le había supuesto conseguir un nombre artístico– ahora es un auténtico bálsamo para el inexplicable nerviosismo de quien hasta el último minuto fue figura indiscutible de nuestro artisteo, ya que sus dos hijas se dedican a vivir sus vidas sin muchas llamadas telefónicas, lógicas a una madre, durante la semana. Solo coinciden en jornadas profesionales, y no siempre. Por eso Teresa espera y desespera. Sus razones tendrá para estar así, aunque nada pueda empañar su recuerdo de tantísimos años.

Mientras, en una Murcia a dieciséis grados, Rosa Clará inauguró una nueva tienda que hace la 150 de las muchas con su nombre repartidas por el mundo. La diseñadora se ha convertido en una captadora de clientela norteamericana. «En Nueva York es imposible montar algo por el tremendo precio de sus alquileres», se lamentó, como de los dos robos que padeció en su casa ibicenca el pasado verano: «Tuvimos suerte de que entraron en la habitación donde dormíamos pero no nos enteramos y solo llevamos un susto al día siguiente, cuando notamos el desvalijo. Aquello ha cambiado mucho, sobre todo en verano».

Le doy la razón a Clará, recordando lo mismo desde que en 1968 visité Ibiza para la inauguración de la emblemática discoteca Bocaccio. Fue de no creer porque el vuelo duró cinco horas, hasta las tres de la mañana y, una vez en la isla, uno de los pasajeros italianos agitó una botella de champán. Roció a las atónitos y desconcertadas personas a su alrededor. La asociación Fomento del Turismo nos declaró huéspedes non gratos, avisando a los hoteles –y era de madrugada– que no nos dieran alojamiento. Acabamos en el entonces famosísimo Lola’s Blue, donde vimos amanecer, momento en que nos comunicaron que ya teníamos alojamiento.

Entre aquel significado grupo de vips se encontraba la espléndida Alicia Borrás, Miss España y una de las modelos más punteras de nuestras pasarelas, con la que luego coincidí en la residencia Corona de vía Augusta, donde viví durante mis primeros tiempos barceloneses. Pero esa experiencia la contaré proximamente, vale la pena evocarla risueño y sin nostalgia. Como aquella Barcelona hoy transformada –igual que Ibiza–, de la que es oriunda Rosa Clará. Mientras, su único hijo se afincó en Shanghái hace un año «y proyecta pasar otros dos más porque dice que China es inigualable», y que está viviendo una experiencia irrepetible, según su madre